La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


domingo, 30 de junio de 2013

Chos Malal. Por Diego Vigna.




Si tuviera que explicar cómo es Chos Malal, simplemente diría que tiene la forma de un silencio ancho, en donde la gente (por sobre todas las cosas) come chivos, hace el amor, tiene hijos y toma mucho vino. Un silencio (imaginen un pueblo que, antes de cualquier distinción, posee la de un vacío general y compartido) típico del norte neuquino: rodeado por los bordes internos de un pozo y, al mismo tiempo, resignado a cualquier variación que pueda producirse en el humor del viento. No comparte muchos detalles con otros pueblos hundidos; primero porque en el sur es un privilegio estar rodeado, y también porque el alma de toda la zona, aunque parezca absurdo, no deja que se emita ningún juicio concreto sobre sus matices de belleza. No es lindo ni feo; hace frío en invierno y calor en verano; las montañas pueden estar tan nevadas como días después peladas. Ni siquiera la herramienta de los gestos alcanza.
Mi papá, que es el que más tiempo pasa en el pueblo por causa de su trabajo, tampoco lo puede explicar. “¿Así que Chos Malal?, qué lindo”, le dicen. “¿Cómo es? ¿Hace frío, hay mucha nieve, muchos pinos?”
–Las plantas florecen en el verano –responde él. Es lo único que suele decir. Si el silencio posterior a la respuesta es demasiado incómodo, entonces lo aplaca con la historia de la palita de plástico. Una mañana de julio se levantó con la nariz morada y el calefactor apagado. La nieve tapaba las cuatro ventanas de su casa, y al abrir la puerta para suspender la sensación de encierro entendió que no iba a poder salir, porque la pared blanca también se elevaba hasta la franja superior del marco: estaba en pijama y atorado. Pero se le ocurrió usar la pala de la basura. Buscó el utensilio, rosado, junto al tacho de basura y corrió a pelearla, desde adentro, a la nieve, con la violencia necesaria como para romper la pared acumulada y el cuidado indispensable para que no cediera el manguito de plástico. Logró salir, pala en mano, y en medio de una ráfaga mañanera descubrió que el auto también dormía bajo una torta helada y gigante de merengue. Tuvo que ir al trabajo caminando.
Así terminan las historias de mi papá. Se agotan, como cualquier vino, en el declive de las mismas escenas. Yo pude visitarlo en dos o tres escapadas fugaces, y justamente unos meses después de conocer la odisea de la pala pude tener mi propia anecta, como dice la gente del lugar.
Se dio en una de las pocas calles que baja hasta la plaza principal, que por supuesto no es la plaza del Fuerte. Digo esto porque en Chos Malal hay dos plazas y un Fuerte. Ese solo dato produce dos consecuencias: por un lado, que todos, sin excusas, conozcan el origen del pueblo, marcado por las luchas tradicionales entre militares e indígenas. Por otro, que ningún visitante, ni siquiera en joda, tenga derecho a equivocarse con las plazas. “Yo me equivoqué y pagué”, le dije en chiste-código al hombre que me marcó el error en mi primer viaje, para ver si lo sorprendía la frase y de paso lograba descomprimir el reto. Después de escucharme despegó una sonrisa y me enseñó que ni las citas célebres se resisten a los rincones del mapa.
–Pero la pelota no se mancha –me dijo.
En una de las calles que baja hasta la plaza principal, entonces, se esconde la cantina en cuestión, que descubrí sin querer y minutos después de haber superado aquella charla. Es una cantina siempre abierta con las persianas siempre bajas que se llama Cuatro Lunas. Avanzaba sin sorpresa por la vereda con la cámara de fotos, un bolso y los anteojos para ver de lejos cuando encontré un filo horizontal de luz escapándose por una muesca baja del metal. Ahí me detuve. Abrí la puerta con un poco de miedo y me quedé parado a unos metros, frente a la barra. En una mesa contra la pared había un vaso opaco y un sifón de soda.
Delante de la barra había un gaucho que se quería suicidar, con su bombacha, un poncho, un sombrero y unos bigotes tupidos, selváticos, de gaucho patagónico y suicida. Tenía una soga anudada a un gancho de carnicero en el cielorraso, cerca de la única lámpara encendida en el bar. Tenía los pies apoyados en una silla de cuero cuarteado y le costaba pasar la cabeza por el círculo de la soga sin que se le cayera el sombrero.
Lo primero que pensé, en ese momento, fue que los bigotes de los gauchos deben su tamaño y función a las condiciones climáticas del lugar en donde crecen y se dejan recortar. Un bigote cordobés, de estilo mediterráneo, se expande con claridad hacia los cachetes y no necesita lograr volumen para demostrar nada. El bigote de ese gaucho, sin embargo, tenía otra naturaleza: debía cumplir otros propósitos. Pensé, por ejemplo, en aguantar el frío. Cuánto más pelo haya cerca de los agujeros de la nariz, menos frío para respirar.
            –Qué está haciendo –le dije.
            No me contestó.
            –Qué hace, gaucho.
            –Me estoy matando ―dijo, mirando mi cámara y el bolso.
Después se quedó en silencio.
            –Pero no tiene que matarse –le dije–.Tiene que vivir.
            –Acá no se puede vivir.
            (Pensé en mi papá.)
            –Entonces busque otra forma –dije–. Hace mucho frío.
            –Me mato igual. Y usted es foráneo, así que no hable.
            En eso tenía razón. Giré la cabeza y del otro lado de la puerta, en la calle, no había nada. Nadie pasó caminando: ningún chico miró de reojo. Ni siquiera se escuchó el motor aislado de algún auto.
            –Está por nevar –se me ocurrió decir.
            –No me importa la nieve, hombre. Soy nacido y criado en este lugar –dijo.
            En eso también tenía razón.
            –Se mata por puto, entonces.
            –¿Qué?
            Suspendió la batalla contra la soga. Perdió el orden de la maniobra que estaba practicando y me miró.
            –Que se mata por puto –le dije–. Así de simple.
            Dejó de mirarme, desde arriba, y ya no necesitó abrir la boca. Fue suficiente, para él, imaginarse en su última condición de péndulo, y para mí la inminente posición de único testigo que me iba a tocar. Él tenía que dejar caer el sombrero, suave y planeando, acomodarse el poncho sobre los hombros y ejecutar. Yo tenía que apoyar el bolso, en un principio, y después salir corriendo.
            –¿Le puedo sacar una foto cuando esté muriendo?
            –Para qué –preguntó.
            –Para la cultura –le dije.

            Entonces intentó patear la silla y no pudo. Levantó las botas y no pudo ni moverla. Nos abrazamos después con la emoción de haber hecho lo correcto y yo le acaricié los bigotes, con ánimo de peinárselos, y él me agradeció en nombre de su familia por acompañarlo, por insistir, por evitar que una simple y triste tarde en un pueblo demasiado silencioso le quitara todas las ganas de seguir viviendo; lloró desconsolado sobre mi hombro y nos despedimos en la puerta, uno para el lado de la montaña, el otro tranquilo hacia la plaza, el bar quedó vacío y la soga muerta, la luz encendida, el sifón de soda, el vaso opaco sobre la mesa (no, mentira: esto último nunca pasa. Cuando sentí el chicotazo del peso muerto, el crackeo de las vértebras del cuello y después una exhalación, trabada, y los ojos abiertos a más no poder, saqué la foto temblando y salí corriendo. Quería gritar por los giles que viven de las anécdotas creyendo que así son dueños de algo, quería sentir orgullo por la mierda ingenua de tener una foto adentro de un rollo en la que una persona se había animado a hacer lo que la mayoría anuncia para ostentar el miedo a la vida, eso que los mata por dentro. Giles que dicen que corren y que saben gritar.)

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