La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


sábado, 8 de junio de 2013

CÓDIGO R por David Voloj.

Quien presta un libro está dispuesto a perderlo. Es la regla, una regla que va más allá de la ética, la amistad, el amor al prójimo, el respeto a la propiedad ajena. Los libros nunca se devuelven. Ni los amigos ni los parientes ni los compañeros van a levantar el teléfono para decirte que terminaron esa novela que les prestaste. Tampoco van a mandarte un mensaje por facebook para que lo pases a buscar por su casa. Si te invitan a comer un asado, vas a ver el libro en la biblioteca de tu amigo; y pese a todo, no se lo vas a pedir de vuelta, ni siquiera después de dos o tres vinos. A lo sumo tocarás el tema para saber si lo leyó, pregunta que tendrá cualquier tipo de respuesta pero nunca la devolución del libro. Por eso, hay que ser cuidadoso. Quien considera que una novela merece ser descubierta por otro, quien hace de la lectura una militancia y del libro una ofrenda, está dispuesto al sacrificio de perder el libro. Entonces lo presta, lo pierde y, sin embargo, es feliz.
De pronto, un día cualquiera, encontrás en una casa de saldos aquel ejemplar que prestaste. Te toma con la guardia baja. Y ahí sentís el upper cut a la mandíbula, el letal cross de derecha a la altura del tabique. Ese libro es tuyo. Lo reconocés al ver tu nombre en la página 80, que es donde firmás porque en ese año naciste y marcarlos ahí te pareció una costumbre extravagante, personal, única. También lo reconocés porque están tus subrayados en lápiz y los comentarios al margen con la ilegible letra de quien lee en el ómnibus y escribe al ritmo irregular del asfalto. Lo reconocés y te decís que los libros prestados no se devuelven, es cierto, pero tampoco se venden. Nunca se venden.
Una siesta de hace tres o cuatro veranos, en la Colón, a una cuadra del Cinerama, en esa casa de saldos que lleva el horrible nombre de Superferia de las Revistas, me reencontré con La aventura de los bustos de Eva de Gamerro. Hacía más de un año que lo había prestado. Al verlo, me dieron ganas de releerlo. Estaba ubicado en la estantería de novelas policiales –que por algún motivo desconocido se denomina Código R–, entre los viejos best seller de Emecé y la colección de Círculo Rojo.
Al pasar las hojas, descubrí que era mi libro. Por los subrayados y la firma y los bordes de las páginas doblados y esos detalles que uno, sólo uno, puede reconocer.
El señor que atiende la Superferia es bajito, pelado, gordito y lleva lentes con un aumento importante. Tiene cara de bueno, pero las caras engañan. Cuando le pregunté el precio, dijo que esos libros eran para canje. 2 x 1. Debía entregar dos novelitas policiales para llevármelo. Con suma paciencia le expliqué que no tenía policiales para canjear y también que se trataba de mi libro. Le mostré la firma, parecida a la que aparece en la cédula de la Federal. Incluso traté de convencerlo de que era un error catalogar a Gamerro en ese sector. Pero el señor se mostró inflexible. Si tiene el sello “Código R” es de canje, dijo.  
Hace tres o cuatro veranos, en Córdoba, a la siesta, hacía calor. Más de 40°, seguro. A diferencia del Ateneo, las casas de saldos no cuentan con aire acondicionado. Por eso, y quizás por la sorpresa y la bronca de haber dado con mi libro de Gamerro, el sudor me empapó la remera. Y tuve sed y ganas de fumar y entonces decidí irme, irme de ahí. Irme con mi libro.
Cuando el señor se distrajo para secarse la transpiración que le atravesaba la cara, me di vuelta, entré la panza y me guardé La aventura de los bustos de Eva dentro del calzoncillo. Después, lo más disimuladamente posible, hojeé otros libros y poco a poco llegué a la salida.
El cielo se había oscurecido. El aire cambió. Y, de pronto, el Apocalipsis. Las ráfagas de viento levantaban bolsas, agitaban las ramas de los árboles, movían las paradas de ómnibus y los cables de luz. La piedra cayó de golpe. Piedra en seco, del tamaño del hielo para preparar fernet, caía sobre la Colón. La gente se metía bajo los toldos, los autos aceleraban, los chapistas se relamían los labios bendiciendo al cielo por el trabajo que tendrían al otro día. Todos estaban absortos ante la tormenta. Todos, salvo el señor de la casa de saldos que en ese momento buscaba mi libro de Gamerro entre las novelas policiales y no lo encontraba.
Un presentimiento. Un sexto sentido. Algo me obligó a darme vuelta para ver que el hombre se desempañaba los lentes y giraba sobre su eje, buscándome.
Ahí decidí enfrentar la tempestad. Salí  corriendo. Como un ladrón de medio pelo, doblé por Tucumán pisando los charcos y esquivando a las personas que, por otros motivos, también corrían. Llegué a 27 de abril con la ridícula idea de que el gordito de la Superferia me perseguía. Crucé sin mirar y, naturalmente, sin ver aquel N2 que no me atropelló quién sabe por qué.
En el baño de la Biblioteca Córdoba saqué el libro. El estado, calamitoso. Mojado, las hojas pegadas y una mezcla de olores corporales difícil de describir. Sonreí contemplando las marcas que el granizo había dejado en mis brazos y mis hombros. Me dije que robar está mal. Pero después me pregunté si robar está mal. Y preferí no dar ninguna respuesta apresurada.
Cada tanto, vuelvo a la Superferia de las Revistas. El señor de lentes está más pelado; ni siquiera tiene el mechón largo que le atravesaba la cabeza de un extremo a otro para disimular la falta de pelo. Ahora usa lentes con más aumento. Él no me reconoce. Yo, sí. Cada vez que paso a buscar algún libro de oferta, revuelvo el sector “Código R”. No soy amante del policial, pero igual lo hago. Es tonto, estúpido, pero aún tengo la esperanza de encontrar –de reencontrar, mejor dicho– La aventura de los bustos de Eva de Gamerro. Hará un año que volví a prestarlo. Y los libros no se prestan.


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