La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


jueves, 6 de junio de 2013

Cojo mal por José Playo.


Cojo mal. No hablo de un señor muy rengo. Hablo de que cojo mal. Y, para peor, me entero tarde. Yo siempre pensé, como el 99% de la población que no trabaja en el porno, que cogía bien. Qué digo bien: ¡que cogía como los dioses!
Hasta que me filmé.
Cuando uno se filma, por fin, entiende qué es lo que hace sobre una cama. Ni siquiera sirve que garches frente a un espejo. El tema es filmarse. Con el mouse después pasás el videíto y te das cuenta. Al toque, te das cuenta. Cuando ves que al mueble ya entraste palanca, y que te apretás, ocioso, el ángulo mocho del pantalón, te das cuenta. Ni hablar de cuando te vas arriba de tu amante con un brío torpe, sin gracia, con los pantalones en los tobillos y un gesto simiesco en la cara. Sólo un hijo de puta coge así, con tan poco respeto por la vida humana.
No hay forma de que no entiendas que cogés mal si apretás la barra espaciadora justo cuando ves que en el video encontrás el brochecito del corpiño, con la nariz arrugada y media lengua afuera. O cuando te ves sentado, en bolas y con las medias azules puestas. Eso que venías intuyendo con un miedo creciente se hace carne ahí, justo ahí. Gordo y fofo. Y después, cuando ya los fotogramas pixelados te muestran cascándote como lo haría un koala para que no se te baje y te puedas poner el forro... ahí es irreversible. Ahí sabés: "cojo mal, cojo pésimo; ¿por qué nadie me lo ha dicho para no vivir en esta farsa?".
Y hay otros indicios en esos veinticinco minutos de un polvito de mierda que sólo un imbécil podría negar. Cómo sale ella. En un gesto congelado de ella tenés el trailer de tu fracaso. Ahí se ve bien, de modo escueto y contundente, que sos un pelotudo cogiendo. Ni siquiera se trata de que ambos hayan tenido un mal día. Lo que la película muestra a las claras es que, con los movimientos espásticos que das sobre el otro cuerpo, estás honrando la tradición de treinta y ocho años de polvos pésimos. Ahí, sacándola para acomodar la gomita del forro y limpiándote el aceite en los cachetes del culo, sabés que siempre has cogido como el orto.  
¿Falta de empeño? Ponele que te pase una vez. O dos. Pero en el fondo sabés que cuando uno se decide a coger, lo hace porque tiene ganas. Y se supone que si uno tiene ganas, no puede coger como si fuera esos muñequitos bailarines inflables con aire caliente frente a las gomerías. Cuando uno tiene ganas de coger, deja la vida en eso. Coger es una forma antiquísima de preservar la especie. Y preservar la especie es una forma de no morir. Cuando uno coge, espanta a la muerte. Si no, sos un suicida. O un vago de mierda que coge hediondo.
Cojo mal. Ahora lo sé. Cojo con la espalda y el culo chivados, los pelos de la frente llenos de goteras. Cojo como el ojete. Y para cuando me veo arqueado como un perro callejero —con la misma cara que tiene cuando está abotonado—, bombeando como electrocutado, puaj. La puta, qué feo. Verse a uno intentando llegar a la velocidad justa que le allana el camino a las cabras, macho, qué feo.
Pausa. Reclinarse en la silla. Garchando soy un asco.
¿Cómo ha hecho la gente para aguantar un segundo polvo conmigo? ¿Acaso las novias inexpertas se juegan siempre los orgasmos en la ruleta rusa del desconocimiento? Pero ¿y las otras? ¿Las más putas, las más audaces? Las que entregaban al toque el culo, por ejemplo, ¿no se dieron cuenta? ¿Por qué no dijeron? Acá tenés veinticinco minutos de confirmación indiscutible.
La chica con la que estoy saliendo se deja filmar y tiene flequillo rollinga. Come chicle todo el día y fuma porro como una descosida. En palabras de mi amigo Roque, es un putón desorejado. ¿Tampoco se dio cuenta? ¿Tiene otro chongo con el que se pone al día como dios manda después de que yo la aplasto como un luchador de sumo muerto?
Hija de puta. La llamo:
—Cojo mal —le digo.
—Sí, boludo —contesta entre risas.
—Por lo menos aguanto casi media hora —me defiendo, cobarde.  
—Mmmm —dice ella—. Mirá bien el video.
Llevo el botoncito con la punta del mouse. El polvo terminó a los diez minutos. En los quince siguientes aprieto botoncitos en el respaldo de la cama del mueble, cambio la intensidad de las luces, propalo música tecno y Ricardo Montaner. Me rasco un cachete del culo, fumo y me tiro la ceniza en el pecho.
—Qué horror soy cogiendo —le digo.
—Sí, bebé —dice ella—. A mí lo que más me gusta hacer con vos es jugar a la Play Station.
Hago silencio. Creo que la entiendo.  


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