La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


jueves, 6 de junio de 2013

Dragón de fuego Por Jorge Alberto Barquero

      
        Alisó la hoja del periódico y se acomodó en la oscuridad del muelle. Prepararse un fumo, frente al río, sentado en ese madero firme, era mucho más que la promesa servil y fenicia de las agencias de turismo con sus destinos de celofán. Su mundo era eso y nadie, menos él, lo podía cambiar. Saberse ya de treinta años y con nada para contar que le saliera de  sus dedos o de su boca, —dinero o experiencia—  era su presente. Huir de una madre protectora y vulnerable  y de un padre sentencioso terminó siendo su mejor excusa, a través de los años, para que él, Jota Jota, se refugiara continuamente en su burbuja tan especial. Su padre lleno de vergüenza por esa vida ajena que se le escapó de sus genes y de su control; su viejo, viejo antes de viejo por esa su cara de nariz carbunclosa llena de verrugas  y su bigote arenoso de apenas color blanco por debajo de la nariz, como subrayando tibiamente tantos consejos agotados.  
        Sus dedos ágiles empalmaron el primero de los canutos. No era el mismo papel de hace once años, cuando entonces su amigo Orestes, de la Juventud Socialista, le pasaba el semanario del partido que hablaba de tiempos duros pero no tan duros como ese bendito papel que no se rompía por nada y aguantaba hasta la última nube. Todo era pasado siempre en sus pensamientos. Aquellos años de huir de los “tóxicos” de Drogas a quienes  no les entraba en la cabezota la idea de onda paz, amor y salven el planeta. Sacó de la mochila la tuquera que le había traído Roby de Holanda (que le había traído o le había robado, ya ni se acordaba y daba casi lo mismo), y fue ahí, en la tarea de sopletearla, cuando su mirada abandonó la exclusividad del Paraná. Rara vez se distraía en sus preliminares, pero ahora lo atrajo un titular catástrofe del diario a sus pies: CERCANO FIN DEL MUNDO. Y por debajo un subtitulado: La fecha: 22 de diciembre del 2012.
        Y entonces a Jota Jota se le dio por pensar en que ya demasiadas veces había leído, escuchado, la inminencia de un final acá en su mundo de su propio mundo y que, a través de su pensar,  llegaría, inevitablemente, a evaluar su fin del mundo tan personal:
        “¿Será un cataclismo o quedarán solamente plantas y animales? Chau con el Hombre, entonces. Una pálida. El fin del mundo  como extinción de todos los tiempos. Pero acá, en este punto, me gana cierta tranquilidad, sí señor, porque Borges dijo que el tiempo no existe; así que nada se extinguirá. Pero, claro, le puso de título a su ensayo Nueva refutación del tiempo. ¡Qué cagada! Nueva. Nueva por reciente. Reciente por el tiempo transcurrido. Se le escapó la tortuga con Aquiles y todo, completo”.       
        La cuestión fue que Jota Jota, como consecuencia de estas elucubraciones, se quedó sin consuelo.  Un consuelo que le llegaría, tiempo después,  por obra y gracia de Eugenio, un amigo de la infancia:
        —¿En serio creés en eso?  ¿Y me decís que un siete por ciento de la gente también lo cree? Ahora vas a ver como te reduzco ese porcentaje a cero. Te cuento, men. Hace años  cuando se decía de otra fecha ya piantada, puse un aviso en el diario porque se me había ocurrido un negoción. Si es usted propietario y cree que el día 17 de este mes será el fin del mundo, contáctese conmigo. Tengo un trato para hacerle. Dirección y teléfono.  Acudieron 6 personas, todos hombres. Todos jovatos. Ahí nomás les ofrecí  mil dólares por cada una de sus propiedades, por escribano y con entrega a realizarse el día 18, fecha en la cual, según ellos, ya estarían más fiambres que Walt Disney. Era una ganga les comenté por si no se habían escurrido. Ganga porque yo estaba garpando anticipado algo que ni ellos ni yo usaríamos. Ganga porque…me quedé hablando con un florero, Jota Jota, con un florero, te lo juro.
        A Jota Jota se le achicó el porcentaje a nada. Se equivocó el General: “La única  realidad es la verdad”.
        “¡This is the end of the world!” Sonaba aterradora esa frase desde el sound de los videos caseros de aquél 11 de septiembre.  Y eran imágenes para no ver y para seguirlas viendo después en sueños. Elección de muerte como último acto voluntario: arrojarse al vacío para escapar del dolor lacerante y atroz de las quemaduras y no transformarse en  carbón irreconocible. Por supuesto que ignoraban que el sitio donde fueran a caer sus cuerpos fue cubierto, minutos más tarde, por casi cien pisos de acero y hormigón. Ser irreconocibles como destino absoluto e ineludible.  A Jota Jota le dijo un fulano de Villa Fanta que eso era la venganza de todo un pueblo. Jota Jota calló, nada contestó. Porque sí, él sabía, escuela de curas mediante, que 200 años antes, en 1805, ahí en Estados Unidos, en las extensas playas de New Amsterdam, los holandeses y americanos del norte jugaban a algo muy parecido a nuestro fútbol. Y no lo hacían con pelotas de vejiga o de cuero, ovaladas o redondas; lo hacían con las cabezas de los indios wopinger. Y  el sitio en el que demarcaban el campo hoy es conocido, su último nombre, como Ground Zero. Ex Torres Gemelas. Sí, la venganza de todo un pueblo consumada en el mismo lugar del genocidio; tenía parte de razón aquel transa de Villa Fanta. Cruel venganza la del tiempo, dice un tango flor que alguna vez cantó Jota Jota antes de cambiar por Pappo tal vez  algo tarde.  Pero pronto huyó de la evocación al recordar las palabras de su padre mientras  él entonaba esos tangos. “¡Una mujer estable, eso tendrías que buscar para el futuro!” El amor por decreto de necesidad y urgencia paternal. Aparte, tener una mujer estable le sonaba a tener una mujer en el establo, cosas de la Inquisición. No.   
        E insistió en recordar, Jota Jota:
        “Esto no es el fin del mundo ni nada que se le parezca”.  Lo dijo Duhalde por canal 13 diez días después de las elecciones mientras, por detrás, la Chiche le soplaba la caspa de sus hombros. “50 a 12 es goleada pero en el basket.  No me caben dudas que hubo irregularidades en muchísimas mesas. Esperaremos el recuento”. Y el recuento le dio 28.500 votos más a Cristina. Entonces, el Cabezón, fiel a su apodo, empezó a hablar de más irregularidades. Fue ahí cuando su compañero de fórmula lo tomó del brazo: “Ya está bien, Eduardito, no vayas a pedir otro recuento, por favor, que el Gobierno puede quedarse sin oposición”.
        Jota Jota estiró una pierna y al hacerlo rozó con ella la tuquera que, según Roby, era imitación de las pipas de los nativos de la Polinesia. Y ahí mismo, en esa instancia del pensamiento, recordó que la tuquera era un regalo. Porque no sólo lo había dicho sino también escrito un tal Aguirre, periodista y escritor de los que no mienten.
        “¡La Polinesia, claro!”
        Recordó Jota Jota que el pasado 21 de mayo de 2010, un grupo de científicos había viajado hasta esas islas, las elegidas para despedirse del mundo, porque esa era la fecha según ellos y así lo anunciaron apenas la víspera porque no pretendían que el pánico se apoderara del planeta, tal la fe que se tenían.  Hoy hasta se puede leer en las publicidades de las agencias de viajes POLINESIA - LAS ISLAS DEL FIN DEL MUNDO. Una joda. Un acontecimiento catastrófico tomado como eslogan. “El fin del mundo refresca mejor” “Péguese una vuelta por el fin del mundo”. “Recupere rápidamente esos kilos de más. Restorán LA RUEDA. ¿O pretende morir flaco?”
        “2012. El año del Dragón. Yo soy Dragón. Y de fuego. Uno de los más jodidos. Apasionado por un poquito de fumo pero de ahí rara vez paso. Un Dragón tiene que poseer ciertas zonas impensables hasta para él mismo. La Humanidad había conocido, usado y no abusado de todo tipo de drogas cuando nadie sabía que eran drogas y no estaban, por lo tanto, prohibidas. Por esa razón nadie hacía mal uso de ellas. Y esos guasos se daban con todo y más que ahora porque no existía el caretaje, ni la persecuta ni el qué dirán. ¿Y fueron la perdición del Hombre? ¿Cómo es que llegamos hasta acá, entonces? ¿No crearon la penicilina, el sicoanálisis, El faro del fin del mundo que viene al pelo y es nuestro, el pensar filosófico, Machu Picchu, el surrealismo, la tragedia moderna, el mejor gol en un mundial de fútbol, un Nobel de la Paz, otro de Medicina, otro de Literatura, y mucho, mucho más? ¿No dijeron los mayas que ese era el día pero hablaban del fin del Hombre  e inicio de otro Hombre?  ¿Y en todo caso, qué con la diferencia horaria? ¿22 de diciembre en Australia o en Portugal. ¿O en Burkina Faso? (¡Qué bien que suena este país!)  ¿Y el meridiano de Greenwich, qué? ¿Se cagaron en el meridiano de Greenwich, estos mayas?” 
        Tales las preguntas que se hacía Jota Jota en el aquel crepúsculo nocturno del Paraná, mirando pasar las embarcaciones en el trajín de los granos.  Gente de todo el mundo que ansiaba seguir comiendo. Seguir viviendo. Sin reproches.
        Y él, Jota Jota, sí tenía que reprocharle al mundo desde ese día en que, según sus propias palabras, una tarde del carajo creyó estar viviendo el fin de su propio mundo. Un mundo que se derrumbó al no engañarse ni dejarse engañar más por su padre. Un padre que le brindó alimentos, protección, condescendencia, ejemplos, ropa y razones, así, todo mezclado, en un infeliz intento de ahorrarle tristes experiencias y facilitarle, de esa manera, el llegar cuanto antes a la meta ansiada y sólo conocida por él. Para su padre, la pérdida de su ingenuidad, la del propio Jota Jota, era recién el comienzo de la vida. De un niño, hizo un hombre. De un adolescente, un viejo. Y queriendo inventar el experto que siempre se lo agradeciera, consiguió crear el rebelde que jamás se lo echaría en cara.
        “O sea, un jodido con su propio fin del mundo a cuestas. Eso vengo a ser”—  reflexionó Jota Jota.
        Cuando percibió el ardor en la pinza de sus dedos, sacó la caja de fósforos y acomodó en ella la casi ya agujeta del porro. Disfrutó largamente de la última nube y con la angustia alegre en el rostro y en el alma, exclamó:
        —¡Pero un Dragón de fuego siempre vuelve a ponerse de pie, carajo! ¡Y a qué mierda preocuparme por el futuro si el futuro jamás se preocupó por mí!
        Y encendió otro fumo.






























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