La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


domingo, 30 de junio de 2013

El apagón. Por Jorge Dipré.


El fluido secó la circulación y la luz cedió a la intemperie borrosa justo en el momento en que  las amebas de la rutina cercenaban la magia de la noche que subía por el cerro y explotaba en los callejones de la breve ciudad. Todo en una ciénaga de ocaso daba una imagen de mortandad, de lastimosa vida que se fue en un recuerdo y las casas, los edificios, los monumentos parecían ruinas a los ojos de un explorador. Ése que yo era, sorprendido por la nimia luminosidad de una vela que dejaba su huella en los cristales empañados. El viento comenzó a arreciar mientras las sombras se abrían a mi paso y los circunloquios de la calleja se demoraban como esperando una lluvia de hojas y polvo, el oro de la noche enamorada de los efluvios de la pobreza que tiznaba cada partícula emergida a la negrura. Llegué a un enrejado desvencijado y me paré delante de él como ante un altar. Los murciélagos habían abandonado los escenarios de la poesía y sobrevolaban la testa como teros enloquecidos defendiendo un nido imaginario. El vacío daba vueltas cualquier imagen y las ventanas comenzaron a estallar, a vomitar su otro vacío ensangrentando el ánimo. Un pájaro se estrelló en la oscuridad: las palabras para nombrar lo sucedido no fueron aún forjadas por lo cual solo quedará una traza en mi memoria hasta que las cenizas se ocupen, algún día, de su rastro. Ráfagas raudas acontecieron y las llaves de la necesidad abrieron los cándidos cerrojos; los candados del azar, o el desbarranco del destino, quebraron la rigidez de la estampa. Un amague de luz incendió por una centésima el infierno del barrio, pero la terca noche no se dio por vencida. Las arañas tejieron rápidamente un telar urbano para que ningún párvulo escape del lodo. La injuria como vómito, la maraña de los sentidos que se doblegan y el espasmo del orgasmo interrumpido por un cronómetro.
Yo era el hombre que parado frente a la reja oprimía el botón de un timbre inútil. Me levanté el cuello de la campera en un gesto infructuoso de protección y me encaminé hacia el centro imaginario del torbellino. La ciudad agonizaba o se retorcía morosa.




de “Arritmias”, setiembre 2009

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