La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


jueves, 20 de junio de 2013

El cuento que eligió Sergio Aguirre.


La chica del kiosco
Elsa Stefánsdóttir



Pasó una cosa rara una vez en un pueblito que quedaba en una de las regiones más lejanas de Islandia. Fue a principios de siglo cuando no había teléfonos ni radio ni televisión, cuando no había nada que salvara a los que vivían en esos pueblos de la pesada tristeza que va devorando el alma. Era el momento más sombrío del año, cuando nunca se ve el sol y la semioscuridad llena todos los recovecos de la vida. Todo parece dejar de respirar, helado e inmóvil, hasta que de pronto cae la lluvia y la cara del Ártico se convierte en un revoltijo de humedad, mugre, oscuridad y desesperanza. Entonces empieza a nevar y en derredor las empinadas laderas de los montes son el interior blanco de un gigantesco ataúd. El mundo se congela otra vez, vuelve a llover, nieva; parece que nunca se van a terminar esas malditas desdichas. Es el momento del año en el que muchas de las gentes que viven en esos pueblitos dejan de hablar. Cuando se encuentran en las calles, miran hacia delante o hacia abajo en impenetrable silencio, los dientes apretados. Otros se quedan días enteros en la cama, las cabezas tapadas con las
cobijas. Es tiempo de odio, de venganza, violación y locura. También es tiempo de fantasmas. En ese pueblo vivía una chica. Era la empleada del único kiosco del pueblo. Si bien los que vivían allí se arrastraban tarde o temprano hasta el kiosco aunque más no fuera para tratar de mantener el latido de la poca vida que les iba quedando, la chica estaba sola la mayor parte del tiempo. Y se sentía, en esos meses más oscuros del año, tan llena de tristeza como cualquier otro. Uno de esos días en los que estaba sola, comiéndose las uñas como siempre, totalmente embobada, sucedió algo espantoso: un fantasma entró al kiosco. Era un fantasma que había andado por toda la costa matando literalmente de miedo a la gente con algunas cochinas tretas. Pero como este pueblo estaba tan aislado, nadie había oído todavía nada de sus roñosas hazañas. El fantasma se acercó a la chica llevando su cabeza bajo el brazo y le preguntó: –¿Tiene hilo de coser? –¿Qué clase de hilo? –preguntó la chica mirando la cabeza bajo el brazo sin pestañear siquiera. –Tengo que coserme la cabeza al cuello –dijo el fantasma, y bajo el
brazo la cabeza le hacía horribles muecas burlonas a la chica. –¿Qué prefiere? –dijo ella–. ¿Hilo blanco o hilo negro? El fantasma se quedó alelado. Había andado matando a la gente por la costa sólo con jugarle esa mala pasada: se morían nomás, de un ataque al corazón. Pero ahora, aturdido y sin saber qué hacer, solamente atinó a agarrar la cabeza y sacudirla frente a la chica. La chica se sacó la cabeza. El fantasma nunca había visto a una persona que pudiera sacarse su propia cabeza como hacen los fantasmas, así que se puso pálido de miedo y sintió que un escalofrío le corría por la descabezada espina dorsal. Dejó caer la cabeza al suelo, salió corriendo del kiosco y nunca más se lo volvió a ver. La chica se puso su cabeza, levantó la cabeza del fantasma, le envolvió en papel marrón y la tiró en el montón de basura detrás del kiosco. Volvió al mostrador y empezó de nuevo embobada a comerse las uñas. No le contó a nadie lo que había pasado. Siguió trabajando en el kiosco hasta que se casó con un tipo cualquiera que le daba tremendas palizas durante esa época tan oscura del año. Hasta que un día ella perdió la paciencia y se sacó la cabeza frente a él. El tipo no le volvió a pegar nunca más y vivieron felices el resto de sus vidas.


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