La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


martes, 25 de junio de 2013

EL FIN. Por Eduardo D’Anna



Santa Sofía estaba resplandeciente. Traspasado el nártex, la atmósfera de encantamiento que la caracterizaba se sentía inequívocamente. La luz de las antorchas convertía la cúpula en algo misterioso y, al bajar la vista, ella rebotaba en los vestidos suntuosos de las damas y caballeros que constituían la última rama en brote del árbol casi seco de familias originadas dos mil años antes, en la lejana Roma.
Pero no eran más que una punta de desesperados. Sabían lo que se les venía encima. Ya sus padres lo habían hablado, ya sus abuelos. Cada vez que el Imperio perdía algún territorio, cada vez que se perdían algunos barcos, hasta la desaparición total de su flota. Lo hablaban mientras conspiraban por ese pedazo de despojo en que se había convertido el poder. Lo hablaban mientras se traicionaban, porque la fe en ellos mismos, y en todo, se les había esfumado mucho tiempo antes.
No creían, pues, -ni habían creído nunca- en eso que iba a morir al día siguiente, pero esa noche, allí, dentro de la basílica, sintieron por primera vez que la vida tenía algún sentido, puesto que iban a perderla. Era la única manera, claro está, de que lo comprendieran. Pero de poco iba  servirles el descubrimiento.
Tantas veces se habían burlado de los principios y de los fines, de los planes de mejora del ser humano, de la valentía, de la solidaridad…. Y ahora, qué ironía, necesitaban todo eso para poder entregar el rosquete dignamente.
Esa noche del 28 de mayo toda esa gente rezó y escuchó misa con tardía sinceridad, encolumnada tras el Emperador, que recibió la comunión como una vaca que va al matadero.
Arrastrando tras de sí a sus hijos pequeños, las señoras se recluyeron en los cuartos de sus palacios, a los que arribaron, como siempre, por calles estrechas rebosantes de pobres a los que no se molestaban mirar. Los hombres se encaminaron a sus puestos de combate sobre las almenas, para dirigir a los mercenarios contratados para defenderlos. Se sentían más seguros con los mercenarios que con los combatientes de su propio pueblo, porque no creían que un hombre luchara bien por algo que no era suyo, salvo que se le pagase. Y tenían razón.     
“El patriotismo tiene su límite” se decían. “Y tener a las naves enemigas de un lado y de otro de la ciudad, es un límite. Sirve para darse cuenta de que no van a ser ellos, los pobres, los perdedores, sino nosotros.”
Al amanecer, los cañones comenzaron a carcomer las viejas murallas, mientras las hordas avanzaban detrás, listas para meterse por las grietas. Con todo, el asedio duró toda la mañana. Finalmente, los bastiones cedieron, y las columnas enemigas penetraron por varios puntos. Al mismo tiempo, las grandes puertas de la ciudad iban franqueándose a través de los umbrales tapizados de muertos. Combatiendo por defender una de ellas fue visto por última vez el Emperador, atravesado por una lanza.
Ya por la tarde, las fuerzas invasoras habían dominado todos los reductos, habían tomado todos los barrios. Los puntos estratégicos les pertenecían. Nadie se rindió, sencillamente porque no había quién pudiera hacerlo. Por la Via Aurea, construida ya tantos siglos atrás por emperadores con más suerte, desfilaban los jenízaros.
Una banda de música los precedía. Tocaba una música feroz, bárbara, que producía un miedo irresistible. Era la música de quién sabía hacia dónde iba, qué quería. Por eso daba tanto pavor.
Faltaban todavía un par de horas para el atardecer cuando el Conquistador, montado en un caballo blanco, seguido de su séquito, recorrió el mismo camino delante de multitudes de gente humilde, en las que la curiosidad podía más que el miedo.
El Conquistador llegó a la puerta de Santa Sofía. Descabalgó, entró en el edificio, y consagró la vieja iglesia a Aláh.
Hay muchos mundos que terminan, pero siempre hay otros mundos que los reemplazan.



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