La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


jueves, 27 de junio de 2013

El perro que fuma. Por Fernando Agüero.

Vi el sol a la orilla del lago. Hacía días, meses, que no lo miraba, que no sentía su calor en los ojos después de fijar la vista unos segundos en su luz. Llegué al lugar de la entrevista casi sonámbulo. Tenía que encontrarme con Clara. La busqué en el lobbie del hotel que estaba repleto de mujeres. Eran docentes, se notaba con sólo verlas. Estaban en grupos de tres o cuatro en los que hablaban sin respiro y al mismo tiempo. Regresé a mi niñez, cercada por las maestras de la familia. Madre, primas, tías, todas hablando al mismo tiempo de alguna otra que no era tan buena como ellas y que, seguramente, tenía un puesto superior en la escuela. A veces, en algún feriado o día libre, me despertaba y las escuchaba desde mi pieza. Intentaba ajustar mi oído para saber a quién le había tocado esta vez, pero casi nunca lo lograba. Y si lo hacía, importaba poco porque no conocía a la destinataria de aquellos dardos venenosos. El congreso tenía uno de esos títulos generales que dejan el campo abierto para las divagaciones de las eminencias que iban a dar las cátedras y charlas. Había también gente joven que había aprovechado el rato libre para hacer rondas y tomar mate. Pero no vi a Clara. Busqué mi celular en el bolsillo y la llamé. Estaba en medio de una de las conferencias en el primer piso y bajó para encontrarse conmigo. El tipo al que teníamos que entrevistar estaba almorzando por lo que previmos una espera larga. A mí me importaba poco ese tiempo muerto. No tenía mucho qué hacer y tampoco quería volver a casa.
Nos sentamos en una escalinata y lamenté no tener mate. Mi mochila ya está muy cargada con mi computadora –ésta en la que escribo-, los apuntes del terciario y los libros que voy leyendo de ratos en los colectivos. Pero, pensé, estaría bueno llevar otra con el equipo de mate. No tengo problemas para manguear mates en cualquier lugar pero esta vez no daba. Pedimos un café. Estaba helado. No había forma de que nos los calentaran porque lo habían puesto en termos y la cocina debió haber estado lejos de allí. Salvo el comentario –“la puta, el café está frío”- el tema no dio para una larga disertación sobre los inconvenientes que puede producir en un estómago mal comido la ingestión de café tibio. Tampoco quería causar la impresión de una persona tan analítica, un mote que me quedó de una relación anterior. Un rato después, cuando Clara me dijo que se sentía hippie, le conté aquel chiste que le escuché al Flaco Pailos  sobre la cantidad de hippies que hacen falta para cambiar una bombita y se lo conté. –Quinientos, dije, uno la cambia y los 499 restantes debaten la experiencia. Hubo risas. Siempre cuento chistes. Los uso para romper el hielo o para meterme en una conversación o para cambiar de tema cuando algo me agobia o cuando no quiero discutir en un grupo una cuestión que me parece inútil o cuando quiero mantener una relación o llamar la atención. Tuve una mina a la que le decía que nuestra historia se sostenía con un chiste mío por día. La piba estaba triste, yo le alegraba el día, y todo bien. Pero se me acabó la gracia. Se terminaron los chistes, y ella se fue.




No sé qué le dije a Clara en la escalinata. De lo que sí me acuerdo es del estado nauseabundo que me perseguía. 
Fue se día cuando comencé a pensar que el hígado tiene cerebro o, al menos, memoria. Refrendé mi cavilación un tiempo después, luego de tomar un litro de cerveza con Mariano en un bar al que juré no ir nunca pero fui. Pedimos una picada. Trajeron papas fritas, aceitunas, salamín y queso. El salame estaba ranció, pasado. Las papas, viejas. Al segundo vaso ya veía borroso y creo que mi hígado se remitió a mi primer pedo con cerveza, en Collage, un pub –de los primeros- al que íbamos con Sueñito, un compañero, cada vez que nos escapábamos de la facultad. Aquella noche lancé todo en el cordón de la vereda y sentí mucha vergüenza.
Clara tenía una campera lila que le resaltaba el blanco de su rostro. Sus ojos grandes me miraban y al rato se perdían en algún punto fijo. Ya me había cruzado con ella otras veces pero, al igual que con el sol, esa tarde, en la que empecé a despertar, la vi hermosa, luminosa. Hablamos del laburo, de la entrevista que íbamos a hacer a no sabíamos quién, y de la existencia. En ese tiempo ése era mi tema principal, el título de tapa de mi vida, junto con el proyecto de mi primer libro de cuentos. Ella quería empezar a escribir y yo quería mostrar lo que escribía, sin que me importaran mucho las repercusiones.
El organizador del congreso me pareció un tipo amable y piola.  Sabía que era psiquiatra porque me lo habían recomendado. Era morocho, tenía barba candado, barriga importante y voz de cantante de tango. Yo había juntado material sobre una mujer que iba a disertar. Incluso había visto fotos de la mina en Internet para marcársela a Clara. Pero el tipo me sugirió que entrevistara a otra persona, un psicólogo social mendocino, eminencia en temas educativos. No tuve reparos. Los años de profesión me dieron eso que generalmente detesto, la improvisación a la hora de preguntar. La cuestión es arrancar con una pregunta abierta del tipo: sobre qué carajo va a hablar, y encontrar nuevos interrogantes en las respuestas. La re-pregunta, que le dicen. El tipo llegó con cara de haberse comido todo. Le pregunté a dónde lo habían llevado a almorzar y me respondió: “Villapaz”. Le comenté, no sé para qué, que ahí se come muy bien. Me contestó su rostro complacido. Era totalmente canoso, llevaba una barba desprolija y me llamaron la atención sus dientes amarrillos y las migas que había traído en su pullover desde el restorán elogiado. La nota salió bien. Me preocupé porque durara más de 15 minutos. Es un cálculo que tengo para que me ocupe más de mil palabras y que encaje en las dos páginas que el semanario les dedica a las entrevistas de fondo. El tipo me tiró un par de títulos, algo que siempre agradecemos los periodistas. Clara le sacó fotos desde distintos ángulos mientras yo preguntaba. No presté atención a su trabajo salvo cuando vi la entrevista publicada conmigo en una de las fotos, adelante del tipo. Terminamos el laburo y salimos caminando por la costanera.
Me sentí seguro al lado de Clara. No sé porqué. O sí. Caminamos a paso lento mirando el lago. Ese lugar había significado el principio de mi confrontación con todos mis miedos. Por ahí caminé durante dos horas diarias desde que me di cuenta de que tenía que explicarme cosas que pasaba por alto, apretando el botón del piloto automático. Responder preguntas tan sencillas como ¿qué voy a hacer a la tarde o a la noche?, me llevaba a cavilaciones sin retorno. Caminar por esa ancha vereda me permitía sacarme por un rato esos cuchillazos que mi inconsciente me asestaba cada quince minutos. Flash back. No hay recetas únicas para curarlo. En una de esas caminatas me encontré con Jonás, un chabón que conocía del laburo. Venía en moto. Cuando me vio, frenó de golpe. Estaba llorando. Me dijo que se acababa de separar y yo lancé un: “bienvenido al club”. No hubo risas. Me pidió que le prestara un lugar en mi casa. Yo asentí sin entender porqué. Acordamos la hora en la que iría al departamento y nos despedimos. Cuando volví a casa tenía una llamada perdida en el celular. Lo dejaba ahí para no llamar, para no esperar, para sacarme esa puta presión que me enloquecía. La llamada no era la esperada. Era de la concesionaria. Unas semanas antes había dejado en consignación mi auto. Marqué el número y el dueño de la concesionaria empezó a putearme. Yo no entendía nada. Tampoco me quedé callado y lancé mis puteadas de rigor. Colgué y reventé el teléfono contra la pared. Las lágrimas y el llanto entrecortado de un niño de 8 años me brotaron sin parar. No había forma de frenar eso. Me tiré en la cama. Pregunté por qué, por qué, por qué. Jonás me estaba buscando. Pero mi celular ya no servía. Hubo partes, botones, encastres de plástico, que nunca encontré. Escuché el tono del Messenger y corrí a la computadora. Era Adolfo, un amigo de Jonás y mío. Me dijo que Jonás estaba abajo, en mi edificio y que no sabía el número de mi departamento. 11, le contesté. A los dos minutos sonó el portero. Jonás subió con cuatro cervezas y unas papas fritas. Ya me tomé dos, me dijo. No había dormido la noche anterior y eso estaba marcado en su cara. Los ojos abiertos al máximo, rojos, y los pómulos colorados de tanta angustia. No paraba de hablarme y yo no decía nada. Sonó el teléfono, era la mujer. Él le contó que estaba conmigo. La mina me había visto sólo un par de veces pero no sé porqué inspiro confianza en las mujeres de otros. El error es de ellas, no mío, en todo caso. Y de los otros. Me pasó con ella y le hablé. La calmé. Jonás se tiró en mi sofá y se puso a ver televisión. La gata que había rescatado unos días antes había cagado en todo el departamento. El olor era insoportable pero a mí no me importaba. Tampoco a Jonás. Sabía que él era drogadicto pero esta vez me contó toda la historia, todo su rollo. Lo escuché y de a ratos le contaba mi propio mambo con la existencia. En esos días me hartaba a mí mismo con esos pensamientos y sentía la obligación de hartar a otros.
Pensé en el católico que era hace unos 10 años y no dudé en asegurarme internamente que aquel Carlos que era yo le hubiera pegado una patada en el culo a Jonás. Nunca le habría abierto la puerta. Aquel Carlos era de los que no se quería contaminar con el mal y los descarriados a pesar de que el mensaje evangélico lo impulsara a hacerlo. Sin embargo, había entendido que no hacía falta embarrarse para ser caritativo. Con un par de consejos solucionaba sus cuestiones de conciencia, una confesión cada mes y todo bien. La ñata contra el vidrio, del lado de afuera, como el tango de Polémica en el Bar, de Edmundo Rivero, el chabón de los dedos largos.
Le dije a Jonás que me iba a dormir y cerré la puerta de mi habitación. Él miraba algún festival, Cosquín o Jesús María, no sé. Dormí entrecortado. A la madrugada me despertó. Tenía mi gata en los brazos y me dijo que se iba a una whisquería, que tenía ganas de cogerse una puta. Le dije que me dejara dormir, que se no hinchara las pelotas y se acostara. Lo reté como a un chico y me hizo caso.
A la mañana me levanté temprano, caminé por la costanera hasta el laburo. Ese mediodía me llamó Jonás para decirme que estaba en un hotel y que me había dejado las llaves en la oficina del edificio. Me explicó que la gata lo había hartado. Esa noche estaba exhausto y me dormí temprano. A las 4 sonó el celular. La última llamada que recibí a esa hora me había anunciado la muerte de mi tío. Me desperté sobresaltado. Era Jonás. Quería su moto, la había dejado en la cochera del edificio. Lo mandé a la mierda y le dije que me dejara dormir. Al rato sonó el portero. Era él. Lo volví a mandar a la mierda. Quería cagarlo a trompadas. Bajé y lo seguí puteando. Él me insultó y yo le recordé que lo había ayudado. No sé si hice bien, pero no lo vi nunca más. Una vez lo encontré en el chat y le dije que si hubiera tenido una escopeta, esa noche lo hubiera matado. Mentía, pero parece que se cagó en las patas porque se desconectó y nunca más lo vi en mi Messenger. Unos meses después estaba a punto de rendir una materia y me habló “el verdulero”. Me dijo que Jonás había muerto. Me paralicé unos segundos. Recordé lo que le había dicho. Sentí culpa. Dejé de sentirla. Y hablé con Jonás mirando una estrella cualquiera.

2
Tenía clases a las 6 de la tarde. Faltaban dos horas y le invité un café a Clara. Nos sentamos en un bar, en las mesas de afuera, para fumar. Ella me dijo que había regresado a otras vidas. Yo, que nunca creí en eso porque era incompatible con mi propia fe de cielo, infierno, purgatorio y limbo, la escuché con atención. Le dije que quería regresar, también yo. En esos días me sentía el ser más pelotudo sobre la tierra y quería saber si había sido siempre así. Qué se yo, ponele, un Salieri, un alemán de Combate o un indio de las películas yanquis. Clara abrió sus ojos y volví a verlos grandes y lindos. Creí entender en ese gesto una señal contraria a mis dichos. Los tambores y bombos de la barra brava de Boca que sonaban en mi cabeza casi sin parar se detuvieron por un rato. Volví a pensar en mis otras vidas y le dije a Clara que quería hacerlo, que quería retroceder, volver, ver.
Esa tarde supe que tenía que estar ahí por alguna razón. Supe que ese encuentro sucedía por algo. Empecé a pensar en todas las causas y efectos que había vivido en los últimos días. Tarareé el tema de Silvio Rodríguez. Cuando Pedro salió a su ventana, no sabía, mi amor, no sabía, que la luz de esa clara mañana, era luz de su último día. Clara me miró y calló en un silencio largo.
Ella tenía que hacer otras fotos. Yo no quería que se fuera. La acompañé. Era en la casa de una escritora que había leído mi primera novela corta, en borrador. Nos recibió con un café. Lo hizo su marido; la mujer estaba con un problema muscular, en la espalda. Apenas podía caminar. Clara no pudo hacer las fotos porque faltaba otra mina para la nota. Tomamos el café y nos fuimos. La despedí en la esquina con ganas de volver a verla. Sin saber bien porqué. Esa noche soñé con ella, envuelta en rayos de luces, en el mismo bar, llevaba puesta la misma campera lila. Tuve una rara sensación y me levanté a mear en paz después de haber chorreado tanta angustia. La habitación de mi nueva casa en San Antonio era la Antártida. La salamandra estaba hambrienta de leña y harta de las piñas de los pinos de mi vecino. Me envolví las piernas con un pullover, a falta de pijamas o calzoncillos largos. Tapé mis ojos con el cuello polar que para mi caso debería llamarse ojos polares. Necesito oscuridad total para soñar, es una manía copiada. Volví a dormirme.


3
Me enteré que me había mudado a San Antonio un mes después. De las dos personas que llevaba adentro en esos días, la que quedó viva no recuerda casi nada de esos días. En medio de la mudanza apareció el Thor, el perro de mi vecina. Thor es negro, grandote. No es de una raza bien determinada. Y sabe tratar a la gente según su estado de ánimo. El tipo es perceptivo. Y cuando uno llega con la carga del día en las espaldas, te da un salto que puede voltearte. En esos días invité a Clara a tomar mates en casa. Llegó a la siesta. La esperé en el puente del arroyo. Vi su mechón dorado entre sus rulos castaño oscuro. Fuimos hasta casa, cargamos el equipo de mate y mi guitarra y caminamos hasta el río. Thor nos acompañó ladrándole a todo lo que se le atravesaba.
Desenfundé la guitarra a metros de una cascadita en la curva del río San Antonio. El ruido del agua llegaba limpio. Buscamos en un librito de canciones de rock nacional y brotó Etileda. La dejé cantar a Clara. Me gustó su voz. Era clara, como su nombre; limpia como el sonido de la cascada. Y me relajé. Nunca aprendí los tonos de la segunda parte del tema de Serú. Thor empezó a cavar un pozo. Nos tapó de arena. Yo intenté correrlo pero Clara se le tiró encima, lo abrazó y se cayó dentro del pozo. Le agarré un pie. Estaba descalza. Entendí que ella no quería que la rescatara, disfrutaba estar ahí abrazada al perro. Pensé en las veces que había buscado rescatar gente desde mi posición de aparente suficiencia. Mujeres a las que quise salvar de algo y me terminaron hundiendo. Amigos a los que acompañé y desaparecieron. Pensé en que en ese momento sólo quería estar ahí sin rescatar a nadie ni esperando que Clara me ayude a pensar. Tomamos mate pero el agua ya estaba fría. La cascada seguía con su música, intenté cantar una canción pero no pude o no quise. La corté en seco. Era de otra fase.
Clara quiso prender un cigarrillo. Thor se le abalanzó y se lo quitó de la mano. Es el perro que fuma, me dijo.





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