La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


jueves, 20 de junio de 2013

El silencio del fin del mundo. Por Diego Fonseca


Abrió los ojos y se detuvo el tiempo. Fue como ponerle stop a una película de trenes a punto de colisionar. Las máquinas se convierten en un frame inmóvil pero en tu cabeza la secuencia sigue por unos segundos. Chirrían los aceros, explota el crash y luego, nada. El silencio del fin del mundo.
Su tren era la cama donde llevaba veinte días escondido. Y detener el tiempo no fue sino abrir los ojos y parpadear varias veces, buscando saberse vivo o fuera de una pesadilla seca.

***

Después se baja. Se apea de la cama. Apearse es un movimiento único, un encadenamiento de escenas en una secuencia finita: a) erguirse en la cama, b) sostenerse con los brazos en el colchón, c) respirar profundo para que el corazón detenga el sprint, e) girar hasta dejar las piernas colgadas, f) pies al piso.
Fin del fotograma: el invierno en el cemento acaba con el trance. No se mueve: la planta del pie le enseña el significado del verbo destemplar.
Estuvo unos minutos contemplando todo cuanto había mirado sin ver por casi un mes. La camisa con el cuello gris descansando en el respaldo de la silla. Una pila de revistas y libros al pie de la cama. Los calcetines achicharrados y los cordones de los zapatos sin desatar, pieza forense de la urgencia.
Se animó: se incorporó. Caminó: trastabilló. Nueva nota mental: volver de la muerte intelectual es otro nacimiento. Debes aprender a caminar otra vez pero sin padre, madre ni padrinos.

***

Reconoció lo de siempre. El silencio del cuarto seguía ahí. Redondo. Una vez el tiempo se acaba, vacío. Lo cierto, lo real, son también burbujas.
Previsible, sonrió: se ordenaba el tumulto por sobre el hipotálamo; el abotargamiento se iba como una niebla mañanera. Una niebla o una anestesia. Otra idea más: recuperar la razón es salir de una larga anestesia. Primero se mueve un miembro, luego otro. La boca está siempre pastosa. Las ideas se mastican. Se rumian como vaca. Otra: para pensar se necesita todo el cuerpo; para dejar de hacerlo, nada más el cerebro. Vaca-ciones de uno mismo.
Ganó ánimo y se lanzó. La memoria regresó a los músculos; las piernas lo llevaron al baño.
Clic.
La luz enceguece. El sindrome de los ojos de la caverna. El deslumbramiento de la salida del hoyo. ¿No es nacer alumbrar?

***

Retomemos, se dijo: vivió demasiado tiempo en la penumbra de la habitación, un útero masculinizado y maloliente, apenas iluminado de cuando en cuando por los latidos del televisor o una lámpara de 60 vatios idéntica a la del baño.
Nacer. Volver es una idea. Ni bondadosa ni dañina. Nacer es una idea.
Cuando llegó al espejo, el desaliño le dio otra perspectiva. El renacimiento no tiene punto de partida. Cada nueva reinvención llega con un motor y un chasis más degradado.
Allí estaban las ojeras de un gris ballena, el pelo aceitoso, los dientes amarillos. Un cuerpo que se sabía ácido.
—La distancia de la promesa y lo que eres se mide en el espejo. El tamaño de la sonrisa, la caída de los párpados, la desmesura de la barba.
Suspiró. Su voz era la misma voz de siempre: no hay reinvención completa. Cada día eres un Frankenstein de ayer.
Bajó la cabeza y descansó el peso del cuerpo con las manos sobre el lavabo.
Necesitaba afeitarse; quitarse el sarro.
Abrió el grifo y dejó correr el agua fría. Se mojó la cara.



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