La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


domingo, 30 de junio de 2013

La nota Por Federico Racca


“Los Hermanos Marx no eran cinco, eran seis y el que estaba equivocado era Karl; ganó Groucho, ganó la farsa.”
Escuchaba al Cabezón y al Reverendo divagando entre bifes de chorizo y botellas de vino Toro. El Club Unión Unquillo no ha cambiado en décadas, por lo menos desde que nací. Algunos se han ido, todos nos hemos vuelto más viejos, pero como en el café de Polémica en el Bar, las charlas siguen girando sobre lo mismo: la comida, el arte –las artesanías que a duras penas hacemos– y las mujeres idas.
Un pelotazo contra la puerta nos sacó de nuestra ensoñación. La presidenta del club se levantó de una mesa y les pidió a los chicos que tuvieran cuidado. Después nos contó que David Nalbandián –el Gringo, el nuestro- se había ido lesionado a Suecia para salvar la Copa Davis.
Volví a casa, mi mujer dormía. Preparé café, me dispuse a escribir. Hace un par de meses que estoy trabajando en una novela que une al Gringo Tosco con Pasolini y Antonio Gramsci. Prendí la computadora, tenía un mail. De La Voz me invitaban a escribir una nota: “Lo que quisiéramos que hagas es un tanto complicado, pero muy divertido. Nos gustaría que asistieras por una semana a la universidad (a cualquier carrera) y escribieras una crónica de esa experiencia: Un tipo de cuarenta, ya profesional, en medio de los ingresantes. La extensión: Unas 1300-1800 palabras. Contános qué te parece. Saludos.”
Estaba contento. Por un rato no pude volver a la novela; trataba de decidir a qué facultad iría. El exceso de libertad a veces complica las cosas.
Al día siguiente partí rumbo a la Ciudad Universitaria a preguntar los horarios y las aulas en que debía cursar. Me había decido por psicología.
Entré por la avenida Haya de la Torre, pasé frente al Pabellón Argentina y doblé por la calle El Cordobazo –un lagrimón me corrió por la mejilla. Estacioné el auto. Dos chicos me indicaron el camino. Era un pabellón nuevo, un mamotreto de cemento incrustado entre las bellas casonas.
Estaba emocionado, regresaba a mi universidad. Recordé que en la casa de la abuela Judith –pequeña casa en una loma–, justo en la entrada, estaban puestas las cinco placas de sus cinco hijos profesionales. Judith apenas había terminado el primario y mi abuelo el secundario. Para ellos lo de “M´ hijo el dotor” había sido el gran objetivo y esta universidad pública y gratuita fue la que permitió cumplirle el sueño a los abuelos.
El cielo estaba cargado. Entré en el mamotreto. Un amplio salón se abrió ante mí. Había colgadas banderas de distintas agrupaciones estudiantiles; varios escritorios hacían de improvisadas oficinas. Me dirigí a la Secretaría de Asuntos Estudiantiles. Estaba cerrada. Volví al salón y pregunté en uno de los escritorios. Me dijeron que faltaba una hora para que comenzara la clase. Aproveché para ir a comer. Entré al bar. Un grupo de profesoras discutían un proyecto. A mi lado, dos chicos trataban de seducir a una rubiecita que se hacía la desentendida. Comí un pollo recalentado -eran las tres de la tarde, sabía que no podía exigir mucho más.
Volví al mamotreto. Los chicos se arremolinaban para entrar al aula. Era un pequeño anfiteatro para unas ciento cincuenta personas. Estaba ocupado en tres cuartos. Casi todos los alumnos eran muy jóvenes, las mujeres predominaban. Apareció un profesor vestido con bermudas y una camisa suelta. Se paró junto al escritorio que había en el escenario. Habló de lo cerca que estaba el final del cursillo y de lo rápido que se había pasado el tiempo. Nombró los temas que irían en el parcial: “Aprendizaje, memoria, tests psicológicos, ejercicio de la profesión de psicólogo, investigación, ética y práctica profesional.” Luego preguntó a los alumnos si habían traído mate. Amenazó con no empezar la lección si no le daban un mate –el mate es importante en esta facultad, pensé.
Gracias a una chica que sacó de la mochila termo y equipo variado, la clase pudo empezar. El tema: Las emociones. La primera afirmación del profesor fue que “no existe una definición de las emociones” y pidió que nombrasen algunas. Uno de los chicos dijo “ira”, otro “alegría”, pero la que despertó risa fue la lujuria. El profesor utilizó estos ejemplos y agregó que “también algunos dicen que les da emoción tomar mate” –en esta facultad realmente es importante el mate, me repetí.
Las horas siguientes transcurrieron por los mismos caminos. Salí de la clase. Diluviaba. Corrí la cuadra que me separaba del auto. Crucé la ciudad, las calles estaban anegadas. Rezando logré que el auto no se parara. Todos los caminos hacia Unquillo estaban cerrados. Me quedé en una estación de servicio por tres horas. Un arco iris completo apareció coloreando el este.
Dos días después volví a la facultad. Llegué temprano, comí el pollito recalentado –somos animales de costumbre– y entré en el mamotreto. Faltaban cuarenta minutos para que empezara la clase. Un grupo de tres chicas estaban sentadas en el piso. Me acerqué. “¿Ingresantes? Me contestaron que sí. Les hablé del trabajo que estaba haciendo. Me dijeron que habían elegido la carrera porque les gustó la materia en el secundario. También me contaron que sólo uno de sus padres era profesional; ellas también pertenecían al gran sueño de los abuelos.
En sus caras de niñas se reflejaba alegría. Hablaban, mandaban mensajes de texto, me mostraron “su trabajo” –tres páginas prolijamente encuadernadas. Les pregunté si tenían novio, la más chiquita contestó: “Varios…” Todos reímos. 
Les conté que me había aburrido en clase y ellas me dijeron que la profe que estaba en ese momento era peor… No pude contener la curiosidad y entré.
La puerta del anfiteatro estaba abierta. Quedaban quince minutos para que terminara la clase. Había un PowerPoint que proyectaba temas en una pantalla. La profesora leía los puntos y apenas se extendía. Había pocos alumnos. El tiempo fue pasando. En la pantalla leí un tema que decía “DSM IV” –siglas de un manual diagnóstico y estadístico de trastornos mentales. Fue entonces que la profesora intentó dar algún ejemplo, finalmente, rendida, dijo: “No me sale ninguno, pero pongan DSM en el Google y les va a salir.
Regresé a casa. Esta vez no había llovido así que el viaje sólo tardó una hora. A las nueve me cambié y me fui al club. “Nos juntamos en lo de mamá a las once”, fue lo último que le escuché decir a mi esposa.
Mis amigos comían lengua a la vinagreta. Les conté lo sucedido en la facultad. Pregunté por qué los profesores no podían emocionar: “Ni siquiera pido conocimientos, ¡pido emoción! ¿Por qué no cuentan que Lacán tenía diez trajes rosas; qué salía a comer en Paris con las modelos más bellas y que cuando le preguntaban sobre qué hablaba, él decía que sólo escuchaba porque ellas siempre tenían algo para enseñarle.“¿De verdad?”, me preguntó uno de mis amigos. “No sé, ¿importa?
Pasó el fin de semana, la novela de Tosco y Pasolini no avanzó más que un par de cuartillas. Llegó el martes, día de facultad. No quería ir, pero me había comprometido con la gente del diario. Por un momento quise seguir la ética de Groucho: “Estos son mis principios; si no les gustan, tengo otros.
 Finalmente rumbié para la universidad. Entré en el mamotreto. El lunes había sido el Día de la Mujer y la Federación Universitaria armó una instalación con imágenes de Evita, Alfonsina, Victoria Ocampo y otras mujeres reconocidas.
La profesora dictaba su clase en el anfiteatro. Entré. En la pantalla el PowerPoint mostraba una lista de años. La profesora explicaba qué había pasado en cada uno. Mil novecientos ochenta y seis: “En ese año yo entré a la facultad, era la época de Alfonsín, un caos, no como ahora que es un oasis…” Mil novecientos noventa y ocho: “En este año se independiza la facultad de psicología y ¡nos volvemos libres!
Minutos después comenzó a hablar de “los vacíos legales en la profesión del psicólogo”. Como buen –o mal– abogado, la cuestión me interesó. Citó la ley 17.132 de la época de Onganía, que regulaba el ejercicio de la medicina y restringía la actividad de psicólogos y psicoanalistas. Fue en ese momento que la profe lanzó la famosa patada voladora conocida como la Gran Groucho: “Entonces, para poder ejercer, las psicólogas y las psicoanalistas se casaban con médicos o, mejor, se volvían sus amantes.” La risa fue general –yo también reí.
Salí de clase. Crucé por el salón con las imágenes de Victoria, Alfonsina y Eva. Me encontré con las tres chicas. Me preguntaron si no iba a clase. “Ya fui con la profe”, les dije. Vi la ilusión que cargaban en sus mochilas, me vi veinte años atrás. Una de ellas me gritó: “Volvé la semana que viene así sabés que nota nos sacamos”. Me di cuenta que la nota ya estaba.
Afuera caían las primeras gotas. Tuve miedo de quedarme varado otra vez. Me subí al auto. Arranqué. Miré el cartel clasista y combativo que decía calle El Cordobazo, pensé: “El que le erró fue Karl; ganó Groucho, ganó la farsa.
   



Nota de La nota: La propuesta de nota fue realizada por La Voz en febrero de 2010 y La nota fue entregada a redacción en marzo del mismo año. En agosto avisaron que no sería publicada.

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