La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


jueves, 6 de junio de 2013

LOS NIÑOS MUERTOS QUIEREN CORTAR Por Gustavo Borga

                                                 a Mario Brusa,Jorge Mazzini,Iván Wielikosielek,Fabián
                                                          Clementi,Mauro Guzman y Cristian Pereyra.
                                                       
                                                                             


En el Hospital de Niños, el médico cirujano Mario Pérez opera, aproximadamente, a cinco niños por día. Cualquiera lo puede ver a la mañana temprano subir con pasos firmes las escaleras de hospital. Se lo ve muy concentrado. Es un hombre que va hacia un objetivo y da la sensación de que nada ni nadie podrá detenerlo. Abre la puerta y entra. Se dirige rápidamente al ascensor que lo llevará al piso más alto. El hospital tiene cincuenta pisos. Para el común de la gente, ese momento es mágico, por que el ascensor corre por fuera del hospital, y como sus paredes son de vidrio, se tiene la sensación de que uno está volando. Pero eso a Mario no le importa. El está pensando en cosas más importantes. Cuando llega a su destino y abre la puerta del ascensor, se encuentra con todos sus colaboradores. Son, entre medico y enfermeras, quince personas. Todos están vestidos de azul. Mario los saluda y se dirige a un cuarto del que sale vestido de blanco. Sin perder un instante, se encamina a la sala de operación. Mario Pérez es famoso en todo el mundo por su destreza con el bisturí. Todos los padres quieren que sus hijos sean operados por el. Miles de niños pasaron por sus manos. Sin embargo, este gran hombre, no es perfecto. Cada tanto entra en profundas depresiones. Esto ocurre cuando se le muere un niño. Llora desconsoladamente. Se siente culpable y se arrastra en estado lamentable hasta su casa. No atiende la puerta ni el teléfono. Permanece todo el día tirado en la cama como un muerto. Mientras tanto, niños que tienen que ser operados por Mario, son atendidos por otros cirujanos. Las estadísticas dicen que cuando Mario Pérez no opera, se incrementa sustancialmente la muerte de niños. Afortunadamente estas crisis no son eternas y en algún momento, el cirujano saca fuerzas de algún lado y con paso vacilante se dirige de noche al hospital. No es el Mario que todos conocen. Es un ser parcialmente destruido. Una sombra. Un fantasma. Sube las escaleras, abre la puerta y entra al ascensor. Cuando llega al piso cincuenta, va hacia unas de las ventanas y la abre. Luego se dirige al cuarto donde habitualmente se cambia de ropa y sale completamente desnudo. Luego se interna en la sala de operaciones, se acuesta y espera. No tarda en aparecer el primer niño. Después otro y otro. Llegan lentamente. Todos entraron volando por la ventana. Son los niños muertos. Son los niños que Mario no pudo salvar. Lo rodean. Vuelan sobre su cuerpo. Súbitamente, uno de ellos le aplica la anestesia y cuando el cirujano se duerme, empieza la operación. No es una operación común y corriente. Es bastante extraña. Por ejemplo, no hay quien dirija. No hay jefe. O lo que es peor, todos quieren serlo. Todos quieren operar. Todos los niños quieren contar. En medio de la operación surgen disputas. Los niños se insultan, se golpean, se desafían a pelear con los bisturís. En fin, un gran caos. Sin  embargo, después de un largo rato  de confusión, surge mágicamente el corazón de Mario. Ahora todo es silencio. Podemos verlo en lo alto, sostenido por las manos sangrantes de los niños. Del corazón sale una luz. Al principio es una luz pobre, insignificante, como un hilito. Pero a medida que los minutos pasan, crece hasta enceguecer y se ilumina todo el piso cincuenta. De sus ventanas salen rayos de luz para todos los puntos cardinales. Luego disminuye y finalmente se apaga. Los niños colocan el corazón dentro del cuerpo, lo cosen y se van volando por la ventana. Después de unos meses de reposo, el cirujano podrá seguir operando.

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