La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


domingo, 23 de junio de 2013

Madrugadas sin Vos. Por Santiago Pfleiderer

            Veo cómo te vas con tu vestido roto y sin tu zapatito de cristal, como una Cenicienta rebajada a los vicios de este amor posmoderno, que es la resaca de una vida exitosa en fracasos.
            Aún no duermo, quizá, porque me asaltan ciertas dudas y mis desveladas sábanas tienen miedo de mojarse con mi sudor febril. Mi temperatura sube de noche cuando repito tu nombre una y mil veces en los oídos de mi almohada, como si ella tuviese algo que ver con nuestras inconclusas desventuras en los pantanos de lo prohibido donde sólo hay frutos envenenados y su barro tiene gusto a lujuria. Y ni hablar de la adicción que provocaron tus besos y mordidas, cruel víbora con piel de damasco. Todavía puedo sentir el dulce sabor de tu boca y beber sus jugos en la eternidad de la noche. Te veo correr descalza con el pelo suelto, y pareciera que tu sonrisa fuera a volar con las aves. Siento el rocío acariciando tu piel y deseo meterme en ella como se zambulliría un niño juguetón en el mar. Pero doy vueltas en mi cama y veo cómo te vas. Si querés, podés echarle la culpa al destino o echármela a mí, pero bien sabemos que la culpa es compartida, mitad nuestra y mitad de los impulsos. Recuerdo el momento, cuando penetramos uno en la vida del otro por primera vez. Desde ahí que nuestros calmos ríos fueron tornándose en remansos y cascadas indomables hasta llegar al mar más embravecido.
            Cómo olvidar nuestro espacio, ese mono-ambiente que era nuestro búnker, nuestro juvenil escondite. Allí teníamos piedra libre para hacer lo que quisiésemos, y ¡vaya si lo hicimos! Me obsesionaba con esa atmósfera delirante de sahumerios y café con whisky, con juegos de cartas y puchos baratos, con maníes salados y cervezas frías. Pisar descalzos los cigarrillos ya apagados y gatear a tientas hasta encontrar tu cintura. Revolcarnos y jugar como leones cachorros y sentir el frío del piso en la espalda. Cómo olvidar tu pelo desparramado por las baldosas rojas mientras reías empachada de caricias. Resulta imposible no recordar los rincones oscuros donde nos adueñábamos de las madrugadas y nuestras bocas eran manantiales, y nuestras manos buscaban más allá de lo desconocido. Pero bien sabíamos, vos y yo, que sólo las madrugadas nos pertenecían.
            Mi temperatura es alta, muevo mi cabeza de un lado a otro sin saber qué hacer. Mi almohada transpira. Huele a vasos rotos y sabe a platos sucios, y sin embargo sé que te escapas y que te recluyes en esa cobardía que te caracteriza. Veo cómo te vas y me siento perdido, pero perdido como un ave que sale de su jaula y que tiene todo el mundo por conocer. La jaula era el infierno – ese mismo infierno del que escapábamos -, todo apestaba allí dentro, y vos eras aquello que podía parar el mundo, sacarlo de su órbita. Eras el jazmín que perfumaba la cloaca, eras la flor que yo podía arrancar dulcemente del tallo y oler sumergido en medio de toda la mierda. Te aseguro que podía convertirme en tierra negra, en húmeda tierra fértil para alimentarte y llenarte de frutos; me sentía capaz de transformar toda esa mierda hedionda y hacer de ella el abono más rico para que mi flor luzca como la más bella en el infinito universo. Pero noche tras noche, la mierda terminó por marchitarnos. El sabor picante de lo clandestino comenzó a ser desplazado por el aburrimiento más vil y, como dos animales salvajes, nos desconocimos entre rugidos y zarpazos.
            Se daba en esas noches en que tus lágrimas se confundían con el azul profundo de la tristeza que se respiraba en los pasillos de nuestras vidas entrecruzadas por ese azar misterioso y narcótico que llamábamos amor, otras veces calentura. El búnker que habitábamos juntos era ya una trinchera maltrecha sobre la cual caían esquirlas de reproches, ráfagas de culpas y misiles de insultos. Nuestras voces y nuestros ojos se odiaban mutuamente en una guerra de sentimientos opuestos e indescriptibles. No éramos conscientes del daño que nos hacíamos con nuestras miradas de ácido hiriente y malicioso. Éramos bazofias poseídas por el desencanto y el descreimiento. Sin embargo, en esas noches siempre terminábamos entrelazados, uniendo besos con cachetazos, y caíamos en trance. Nuestros cuerpos se energizaban y se elevaban a niveles sensoriales inexplorados. Hacíamos el amor de manera alocada descubriendo paraísos paralelos y podíamos sentir que todo tomaba forma, que la multiplicidad del universo se articulaba en ese amor inextinguible. La inmensidad era de fuego. Pero ese ardor tan repentino y esas erupciones de gozo espiritual y carnal de las que éramos cómplices cada noche se iban aplacando poco a poco, como las rojas brasas luego de una tenue llovizna. Y nos envolvía el humo. Nuestros días eran de humo. No lográbamos vernos, palparnos. Sólo chocábamos contra nosotros mismos, ahogándonos cada segundo interminable. Nuestros días eran de humo. Todo lo que me rodeaba me superaba. En mi cabeza sólo había ruidos y el aturdimiento me desvanecía como si mil agujas oprimiesen mi alma.
            Enroscado en mis sábanas veo cómo te vas con tu vestido roto, sin tu zapatito de cristal ni carroza. No hay hadas que te hagan volver, que te ayuden a quedarte pasadas las doce. Minuto a minuto, la fiebre sube. Y no estás. Tu huída pasó sobre mí como un tren a altísima velocidad arrollando carne humana.

            Y me encuentro solo, sin madrugadas que me pertenezcan.

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