La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


viernes, 7 de junio de 2013

METONIMIAS por Emilio Moyano.

Charly


Así le decían. Tal vez ahora se lo sigan diciendo. Tenía una ceja blanca y la otra negra. Cuando le preguntaban por qué, respondía –con algo de vergüenza, mirando hacia el piso– que eso era un lunar, un lunar blanco. Siempre había atendido la verdulería de su padre, a quien por metonimia, por eso de nombrar la parte por el todo, le decían Oreja: tenía uno de los lóbulos más pequeño que el otro. La verdulería era una pantalla, como se comentaba; la verdadera profesión del Oreja era la de descuidista, (si al hecho de dejar el estéreo puesto en el auto le llamemos un descuido, entonces sí, pongamos que era un descuidista). A fines de los años noventa largaron todo y se fueron a Barcelona con otra gente del barrio. Había un tipo que conseguía los pasaportes y los ubicaba en la zona del Raval. Después había que pasarle una parte de las ganancias. El trabajo consistía en caminar por la playa con un toallón en el hombro, como si nada. Cuando algún turista dejaba sus cosas sobre la arena para darse un baño en el mar, se dejaba caer el toallón sobre lo que fuera (lentes, riñoneras, cámaras de fotos, etc.), se miraba para un lado y para el otro, y luego se levantaba el toallón –con lo que hubiera adentro– y se iba hacia la siguiente parada. Lo hicieron sin ningún problema. Aunque no era lo que pensaban. Así que al cabo de un par de meses decidieron presentarse a un edificio en construcción donde pedían mano de obra para descargar ladrillos de un camión. Lo último que supe de ellos es que tras la devaluación decidieron quedarse en España para siempre, ahora como ayudantes de albañil. Y también que mandaron plata para que acá, en Villa Unión, el resto de la familia se pusiera un cyber.

Alejo

Lustraba zapatos en la esquina del Sorocabana. Siempre que salía del colegio lo veía y me saludaba. La vereda de la calle Buenos Aires podía estar repleta de gente, pero siempre que pasaban los chicos de La Inmaculada, él levantaba la cabeza y desde su banquito, con la franela estirada sobre la punta de algún mocasín, me miraba y me guiñaba un ojo. No era la única forma que el Alejo tenía de ganarse la vida, también mantuvo a cargo durante algún tiempo el bufé del Club Atlético Bella Vista. Me acuerdo una vez que fuimos a pedirle un vaso de agua, extenuados de tanto tirar al aro de básquet y que ocurrió algo muy extraño. Nos dijo que esperáramos un minuto porque se le había manchado el pantalón. Así que se aferró sobre la manija de la heladera (de esas de cuatro puertas, revestidas en madera), se sacó los zapatos, levantó una pierna y tiró de la bocamanga; luego hizo lo mismo con la otra pierna y se quedó sólo con un slip amarillo. Entonces se puso a revisar el lugar en que se le había manchado la prenda. Era un hombre retacón, bastante macizo y de piel oscura, que siempre se mostraba serio. Verlo de espaldas, en calzoncillo, para nosotros fue más que asombroso. No me acuerdo quién fue que en ese mismo momento me susurró al oído: viste que te dije que era puto. Pero no pasó más de eso. El Alejo se volvió a poner el pantalón, nos dio el agua y regresamos a jugar.

El Rengo López

No era rengo. Nunca fue rengo. Quedó así –como si se le hubiera dormido un pie– después del accidente. Venía en moto por Rufino Zado y en la esquina con Paso de los Andes lo atropelló una F 100. Quedó tan maltrecho a un costado del asfalto que no se pudo levantar. No obstante, desde el piso, le dijo al conductor de la camioneta que lo iba a matar. Te voy a cagar a tiros, gil hijo de puta, fue exactamente lo que le dijo. La moto se la había ayudado a comprar su madre para que no tuviera que viajar en colectivo hasta el hospital donde trabajaba de enfermero. No sirvió más. Después de un año de licencia y dos operaciones en la rodilla, decidió comprarse un auto y empezar a militar en la actividad del gremio de los enfermeros. Más allá del susto y las graves consecuencias, su madre se sintió satisfecha. Siempre había querido que su hijo no saliera como su cuñado, el Oreja. De algún modo, esos deseos se habían cumplido.

Uppercut


La primera vez que me puse un guante de boxeo fue en el fondo de mi casa. El par pertenecía al rengo López. Me había dado el izquierdo a mí, él se había puesto el derecho. Rápidamente comenzamos a caminar en círculo, mirándonos fijamente, montando la guardia con el brazo que nos quedaba libre. Tras algunos puñetazos al aire, el rengo logró conectarme un gancho en la parte baja de la mandíbula. Un golpe tan perfecto y doloroso que hizo que se detuviera la pelea. Me preguntó si estaba bien, le respondí que no jugaba más. Había demasiadas diferencias a su favor: junto al Charly, su primo, iban a las clases que daba el Alejo en el club Bella Vista, todos los martes y los jueves, (otra de las formas que tenía el bufetero-lustrín de ganarse la vida). Allí saltaban la piola, le pegaban a la bolsa y aprendían técnica. Me acuerdo de una demostración que hicieron al público y que el Alejo los hizo pelear a los dos primos porque según él tenían mucho futuro. Resultaba algo gracioso ver combatir a dos niños, sin experiencia, en un ring que tenía la medida profesional. No fueron más que tres rounds y el resultado fue un empate. El Alejo se paró en el medio de la lona y levantó en simultáneo el brazo de ambos pugilistas. Estos, después de un encendido aplauso de los presentes, se largaron a llorar.

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