La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


sábado, 22 de junio de 2013

“Todos tenemos un tío que se perdió” Por Adrián Savino


Sobre La sed de Hernán Arias, Missing de Alberto Fuguet… y otras historias familiares.



1

Resulta que estos dos libros, leídos con casi dos años de diferencia entre sí, se me han quedado juntos en la memoria. Por sus dos “tíos perdidos”, y por un tercero, el de mi familia, al que continuamente me hicieron acordar sus páginas.

2

Mi tío Hugo, a diferencia del Carlos de Missing y el “mi tío” de La sed, no es precisamente un tío “de sangre”. Mi recuerdo más viejo de él es en la vieja casa de mis abuelos paternos en Cintra, sudeste de Córdoba. Es el festejo de su casamiento con Nora, hermana de mi papá, los dos con diecisiete años y en la cabecera de una larga mesa. Es año 75 ó 76, y desde entonces hasta unos nueve o diez años más tarde, tengo un par de buenos recuerdos de él.

El primero es un viaje de Cintra a Marcos Juárez, viaje en el día, de salir temprano a la mañana y volver a la tardecita. Él debía tener que cumplir con tareas de visitador médico, pero me es imposible asegurarlo. Yo no era más que un nene y no me interesaba a qué íbamos allá, sino la aventura, la buddy movie del viaje en sí. Se me hace que es fines de los setenta, pero esto tampoco es seguro. Lo más vívido es cierta reminiscencia de libertad, de camaradería, de buena conversación entre un grande y un chico. De asombro a través de esas rutas provinciales que nos llevaban hacia esa pequeña ciudad desconocida.
Mi otro recuerdo es de años más tarde, poco antes de que Hugo se esfumara. Él y mi tía ya tenían tres hijos, mis primos Raquel, Javier y Paula, y habían vivido en distintos lugares: Cintra, Buenos Aires, Villa María. Esta vez nos visitaban en nuestra casa de Córdoba, en Barrio Colón. Eran tiempos de catarsis democrática, de exhumación y condena del pasado reciente, de artistas que volvían del exilio y discos que se escuchaban nuevamente. Mi viejo había comprado un centro musical, moderno artefacto que reunía tocadiscos y pasacassette, y entre otros cassettes, un compilado con el título Reunión en libertad. Esas diez o doce canciones eran la banda de sonido de nuestra vida de aquellos días, tanto en casa como en el auto. Empezaba con una de Víctor Heredia, Informe de la situación, y le seguían, entre una mayoría que no recuerdo, León con Bajaste del Norte, Charly con El fantasma de CantervilleVamos a andar de un tal Silvio Rodríguez (la mejor lejos), Mirta, de regreso por Baglietto (a cuyo personaje la mayoría tomaba por preso político en vez de común), y al final una de Julio Lacarra, La canción de nuestros días. Se lo hice escuchar a mi tío Hugo, y él empezó a contarme en detalle sobre esos cantantes y esas canciones que tanto me gustaban aunque, a mis trece, no las entendiera del todo. Era un experto, sabía más que mi viejo. A esa altura ya debía ser un comentario en la familia su afición a los festivales de rock, a los que supuestamente iba en compañía de una mujer unos años mayor que él, durante los largos días de sus salidas a la ruta como visitador médico.

Poco tiempo después de esa visita fue que se borró. Partió y dejó en banda a su familia, no dando más señales hasta varios años después, cuando reapareció con la intención de ver a sus hijos. Consiguió hacerlo en unos encuentros de los que poco supe, salvo que fueron fríos, como si el que reaparecía hubiera sido poco más que un extraño.

Después no supe más que chismes, habladurías. Leyendas como la de que estaba en Bell Ville, prendido con los peronistas del gordo Carbonetti, o la otra, la de su paso por el cementerio de Cintra, donde según quien dijo haberlo visto, lloró sin consuelo frente a la lápida de mi prima Paula, muerta a los dieciocho años en un accidente de moto.


3

Mis recuerdos del tío Hugo se parecen bastante a los que reelabora La sed. En la novela de Arias hay una voz que recuerda, y que en ese recuerdo reproduce el descubrimiento del mundo por parte de un niño. Ya se ha aludido mucho, quizás demasiado, a la etimología del verbo “recordar”: eso de “volver a pasar por el corazón”. Como sea, aquí también vale revisitar el lugar común. Con el detalle de que La sed, no cae en sentimentalismo alguno. Lo vivido pasa por el corazón, sin duda, pero bajo la forma de un recuento minucioso y despojado, en el que la verdad se muestra y a la vez se esconde bajo un relato cristalino sólo en apariencia. Como si el recuerdo fuera un objeto en el fondo de una fuente de aguas quietas: nítido y difuso al mismo tiempo.


El tío de La sed es descubierto a la par que el resto de todo un mundo, al que su presencia viene a desestabilizar. En el marco de una existencia familiar pretendidamente llana, serena, conformista, de contratiempos más o menos rutinarios y manejables, el tío surge como una presencia molesta. Al tío el mundo no le cierra, al tío algo le pasa. El tío no puede quedarse quieto, no está tranquilo. Se separa, se va, vuelve con una mujer desconocida. Chupa de más, discute, opina sin filtro. Se saluda con tipos raros, les propone negocios no menos raros.

No es que el sobrino-niño sea capaz de discernir sobre esa falla en el orden de las cosas que viene a encarnar el tío. Su mundo se presenta así y él lo va relatando, eso es todo. Lo medular de esta novela, en todo caso, pasa por el respeto con que el narrador-adulto da cuenta de ese descubrimiento sin interferirlo de ningún modo. Como si Arias (de distinto modo que en Los invitados, su libro anterior, donde elige desplegar un sutil juego de técnicas narrativas y puntos de vista) hubiera comprendido que allí, en el lento asombro de la infancia, está el material, temático y sustancial, de su escritura.


4

En Missing, ya desde el subtítulo (una investigación) se anuncia el gesto exploratorio: se busca a Carlos, pero además, se busca al mismísimo libro. Lo ficcional, que en la novela de Arias es constitutivo, aquí surge como un efecto de “lo real”. Así lo consigna uno de los epígrafes, tomado de Hemingway: “Si el lector lo prefiere, puede considerar el libro como obra de ficción. Pero cabe la posibilidad de que un libro de ficción arroje alguna luz sobre las cosas que fueron contadas como hechos”.


En un pasaje de Missing, Fuguet plantea la posibilidad de hacer una novela de ficción, algo así como La sed. Pero esa “realidad” a la que su proyecto apunta se torna tan enmarañada, que el autor se ve obligado a descartar la alternativa. Con la ficción no alcanza, como tampoco alcanza con ningún otro formato por sí solo. Entonces el libro, que como ya dijimos es también una búsqueda, avanza (y retrocede) con materiales diversos: ficción, no-ficción, apuntes, artículos periodísticos, notas, e-mails, cartas, entrevistas, diarios de viaje, poemas. Y en ese trayecto, al enigma del paradero del tío se van sumando otros: ¿Cómo escribir sobre la propia familia? ¿A quién le conviene la publicación de esos escritos? ¿Es lícito andar por la vida viendo atractivas-historias-con-destino-de-libro, allí donde hay delicadas vivencias personales?...

Y así. Entonces ese libro, el que tenemos en nuestras manos, va retorciéndose en preguntas sobre sí mismo, sobre sus propias condiciones de existencia, a medida que se interna en el objeto de su búsqueda.


5


 
 “Todos tenemos un tío que se perdió”: así le dice a Fuguet el editor de una revista, para convencerlo de escribir el artículo que da inicio a la investigación que desemboca en Missing. Se supone, según su punto de vista, que estamos ante un tema de alto interés potencial.

 

 

Carlos y Alberto Fuguet
 
Por mi parte puedo afirmar que estos dos libros están entre los más cautivantes que he leído. No sólo por este asunto de los tíos, sino también por las diferentes miradas que los animan. La de La sed, seminal, espontánea, no del todo consciente. La de Missing, adulta, obsesiva, algo (por momentos bastante) forzada. Miradas que se posan sobre esos tíos que escaparon, que salieron a un mundo “de afuera” donde de algún modo ya estaban, pero todavía atados al “adentro” familiar. Casos en los que la sombra de la familia pareció volverse terrible, y fue preciso escapar.


6

Por esos antojos de las lecturas, ocurre que ahora esos dos tíos son mi tío Hugo. Su presencia de ausencia une a esos dos libros y motiva este texto. Un tío que es un enigma y una posible historia. Una historia que también es peligro de abrir heridas.

Mi tío, o quizás alguien que lo conozca, podría algún día googlear “Hugo Elvio Carmona”, y dar con este texto. Si él quisiera, yo no tendría problema en encontrarnos. Le preguntaría qué fue de su vida. Le contaría sobre su familia abandonada, sobre el dolor causado no sé por quién, ni cuándo, ni dónde. Querría saber por qué se fue, cómo es que alguien deja atrás una familia y sigue. Le contaría que he leído un par de libros al respecto.

Pero antes, antes que nada, le avisaría que me dedico a escribir. Y que por lo tanto todo lo que él me diga, podría convertirse en historia: un La sed, un Missing, algo por ese estilo. O a lo mejor en nada de eso, por qué no. Después de todo los libros son apenas una manera, entre tantas, de intentar comprender.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario