La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


sábado, 8 de junio de 2013

TRAGEDIAS DIURNAS por Fernando Manavella.






El asesinato es  siempre un error… Uno nunca
debería hacer nada que no pudiera comentar
en la sobremesa.

OSCAR WILDE
(1854 – 1900)


Los animales son salvajes por naturaleza;
el hombre lo es por idiotez.

ANÓNIMO






Acto Uno
La Mujer despechada

Su boca, húmeda de pasión, brilló con aquel distinguido color rubí del lápiz labial. La Mujer, aún sintiendo el éxtasis de la noche de sexo que había experimentado, se movió entre las sábanas de seda ultramar, como una silenciosa cobra arrastrándose hacia su presa. Se relamió con la lengua las gotas de sudor, para luego lamer la dulce y caliente piel de su Amante, que dormía tranquilo y satisfecho a su lado. Tomó con sus delgadas manos, en un gesto de finura única e incomparable, el arma de fuego y apretó tiernamente el gatillo...
            La sangre mezclada con masa encefálica salpicó el espaldar de la cama, humedeció la almohada y se escurrió como un río de peste.
            La policía nunca encontró sus huellas dactilares.


Acto Dos
El Hombre descontrolado

Salió, como muchas otras noches. Fue a encontrarse con aquella dama que en sus sueños habitaba. Recorrió por horas la Plaza España, maquinando planes indescriptibles. La deseaba; la quería para él solo, eterna y precipitada. Vagó como lo que era, un maniático, un hombre extraño, iracundo; un personaje que debería haber nacido muchos siglos atrás, en una comunidad distinta.
            Anduvo toda la noche, las piernas desganadas, la respiración entrecortada, por momentos pausada, agitada otras veces. Comenzaba a exasperarle que no apareciera la mujer que satisfacía sus deseos más enfermos e inexplicables… Ella, la lujuriosa y violenta Dama Encolerizada; Ella, sólo Ella podría saciar su sed de locura inadmisible.
            El sol comenzaba ya a despuntar en el cielo, y supo que todo había sido en vano: no podía cometer su acto a plena luz del día. Pero, ya dispuesto a regresar a su cueva, a su hogar, el Hombre vio a la mujer de sus sueños, la satisfacción hecha carne, el deseo consumado. La locura le inundó el cuerpo, un viento lascivo y cortante atravesó su cuerpo, una sensación de descontrolada enajenación. Ella era perfecta… Ella se veía como él la fantaseaba: tierna, distraída, vulnerable y fuerte a la vez.
            Corrió hacia Ella. La tomó con sus voraces manos de monstruo y quiso violarla, como un sádico producto del mismísimo Infierno. Ella gritó como nunca antes lo había hecho, mientras el enfermo sonreía y buscaba rasgar su ropa, buscaba clavarle su puñal de carne. Pero, ofuscado por el ataque de morbosidad sexual, el Hombre no alcanzó a distinguir que la Mujer traía algo en sus manos; un objeto que cobraría venganza en nombre de las víctimas que aquel infeliz había tenido entre sus peludas manos. Y tampoco vio cuando la bala le perforaba sus genitales, quebrando y quemando su sexo ardorosamente.
            La Mujer se liberó. Miró al Violador con ojos furiosos, observó su repugnante sangre y cómo éste gritaba y se revolcaba en la gramilla donde la había querido violar. Ella, tierna y fuerte al mismo tiempo, lo asesinó con la misma arma que había aniquilado a su Amante, en la cama, ese mismo día.


Acto Tres
Tragedia estúpidamente nefasta    

El sol le quemaba los ojos. Lágrimas despechadas, mezcladas con el delineador de sus ojos, rodaban por sus mejillas. La loca y mugrosa vida estaba acabando con ella. Cruzó la calle, dejando atrás un pasado adverso y cruel. Pasaron por su vida las penurias y las infidelidades; pasaron los días y su vida no mejoraba. Los crímenes que había cometido jamás serían olvidados. No había consuelo. Ni siquiera el pequeño papel que llevaba oculto en su bolsillo tranquilizaba su conciencia.
            Cruzó, lenta y despistada, la calle.
            Cruzó, pero no pudo encontrar consuelo, pues la tragedia tocó a su puerta en forma de automóvil.    


Acto Cuatro
No hay mal que por bien no venga

Dos vagabundos veían pasar los autos, tan rápidos como cometas, por la calle, en aquella mañana extraña y amarga. El hambre en sus corazones anidaba, y les apagaba el alma día tras día.
            Tapados con sus cartones, los vagabundos atestiguaron otro más de los accidentes de la ciudad: esta vez, la atropellada era una mujer de notable sensualidad, con un hermoso vestido rojo manchado de pasto.
            El automóvil, tras chocar a la mujer, salió violentamente disparado hacia la vereda e impactó contra un poste de luz. Los vagabundos, curiosos, se acercaron a la mujer que yacía en el asfalto. Estaba muerta, eso era visible. Tenía en la mano derecha una pistola, y en la izquierda un billete de lotería arrugado. Uno de los vagabundos tomó el papel y supo en ese momento que todo cambiaría…
            ¡Era el número ganador!


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