La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


martes, 11 de junio de 2013

Tren. Por Adriano Peirone


Subí por fin ya al tren, o subte: da igual, lo que discurre fuera de mí se mece en reiterado vaivén, como un péndulo que a cada regreso se obstina en ir mas hacia el fondo, demorando la misma cantidad de tiempo, pero a la vez yendo más hacia el fondo, todavía  más al fondo. Es lo que me pasa con las palabras que son dichas así, sin mas, pues tras de ellas creen todos que se van, así, sin mas, sin dar su fino golpe a la herramienta que me ha de hurgar, sin sobresaltos. ¿Es el fin del mundo un viaje en tren? Me siento. Lo que tarde será un detalle, porque del tiempo ya no está hecha la espera. Es de fragmentos, pedazos de ayer que no fue ayer, de ese ayer antiguo, hijo espurio de una tarde ya muy tarde de un verano cualquiera donde lo recordado no es ya la enredadera, el grito, mi vecindario, sino rumores de una noche que no llega. Me siento, y se que casi todos esos que me esperan no me sienten, solo sienten que me siento a la espera: no es así, pues aclaré que no es el tiempo quien me cierra lo de afuera, sino un andar de a rieles demarcados por cualquiera, cualquier otro ingeniero o ingeniera. Da igual que llegue o que aquí quede. Todo se aparece enredadera. Así las calles, la gente, los rieles que no hurgo yo allí afuera se entrecortan y ramifican; no es trágico nada de esto: pero el encuentro por fín ya dado entre lo que creí, la apariencia tan dibujada, y lo que en realidad parece que es, parece que me espera. Sentado ya por fin todo discurre igual, nada perdura, /ni el color del cristal con que se mira. Recuerdo a Rulfo, Onetti, Parra: todo es olvido. Olvido de una hiedra enmohecida. De golpe me despierto, es un espanto, el lugar del que partí no llega, se fue y está aquí, a la espera de salida: la misma gente en un lugar cualquiera, aún no el mismo que en mi otro sueño ya tuvieran sino otro, pues otro rostro es el que porta, la misma gente que cualquiera. Los ceños me señalan hacia fuera. Debí partir yo solo –pienso- aun si ningún otro me persiguiera. La hora es la misma u otra, da igual, importan los que esperan allí afuera, más tarde, mucho más tarde, esperan que yo llegue de una vez, y mientras tanto el tren o subte acá se queda. ¿Qué sucede?  –Pregunto- todos responden un bullicio, fluye el equívoco, el sinsentido, la sinrazón. Es un espasmo el que me echa del vagón, o un empujón, y quien me empuja soy yo, del otro lado, o sea de adentro de ese tren que arranca y ya no espera a que me suba, pues partes de mi todo ya se van, o aquí se quedan.


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