La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


martes, 11 de junio de 2013

Un cortado doble para siempre. Por Walter Duarte


Y repentinamente, se hizo de noche. La existencia saltó de las 15 Hs. a la oscuridad nocturna más cerrada que alguna vez me tocó observar y padecer  en  toda mi vida. Un desplazamiento súbito del tiempo. El salto fulminante y letal de una serpiente. Y ya no reinaba el calor de enero espectacular, gobernaba el frio de un mes invernal que, por su crudeza habría que inventarle un nombre cruel. Un ejército de escarchas invadía la ciudad al son de una marcha militar siniestra y chirriante. La oscuridad devoraba las luces de todo córdoba capital y ya parecían cubiertas por un velo de tul de viuda joven y sin hijos. El silencio era absoluto y no se veía a nadie por las calles. Ni personas ni vehículos. Una ciudad desierta y congelada. No tuve tiempo para la consternación, para la perplejidad, para el terror. Si me quedaba quieto sentía que mi cuerpo comenzaba  a  adquirir  la mismísima  consistencia de una estatua. Debía moverme para superar ese frio sin par, sin antecedentes, exagerado y escandaloso. Caminé buscando el centro de la ciudad, buscando personas, buscando vehículos, buscando movimientos, buscando luces más intensas, buscando respuestas…Vida, en definitiva. Me costó identificar por donde andaba y la ruta que debía seguir. También, me costó recordar el lugar en donde me hallaba cuando empezó ese inverno oscuro y mortal. Creo haberme perdido cuatro o cinco veces, especialmente cuando cruzada a una cuadra cuya oscuridad rayaba la solidez y el frio penetraba en mis carnes cual una metralla de proyectiles gélidos. En esos sitios me veía obligado a correr desesperadamente hacia cualquier parte. O daba con la salida correcta o volvía al lugar por el cual había ingresado. Pensé en un laberinto. ¿La ciudad se había transformado en una especie de laberinto? Ya el interrogante “¿qué está sucediendo?” no tenía mucho sentido ni lugar en mi cabeza. Algo había sucedido y punto. Algo que me obligaba a mover el cuerpo sin descanso para no quedar endurecido en una espantosa congelación. Sin embargo, debía dilucidar algunos puntos si quería llegar vivo al centro de la ciudad, como por ejemplo: si ella (la ciudad) se había convertido en un laberinto. Pero inmediatamente pensé que, en ese caso, mucha importancia no guardaba saberlo, pues, yo desconocía su construcción. Laberinto o no, solo importaba mover el cuerpo y procurar llegar al centro comercial en donde suponía podía encontrar respuestas y alivios. Cabe acotar que, durante todo el trayecto no me crucé con absolutamente nadie ni tampoco pude observar pasar en la lejanía  vehículo alguno. Mi soledad era pletórica. Contemplé los edificios. Todas las ventanas se veían cerradas y las recepciones sin luces. Intenté abrir algunas puertas sabiendo de antemano el resultado y no pude con ninguna. Toqué cientos de porteros eléctricos esperando alguna respuesta y lo único recibía a cambio era el silencio. Observé nuevamente los edificios y recordé las palabras de un amigo cuyo nombre he olvidado con el paso de La Condena: “Son monumentos a la soledad. Habrá cientos, miles…Pero son monumentos a la soledad…”. Contemplar los edificios me llevó automáticamente a encontrarme con el cielo. Nunca había visto un cielo así. Estaba nublado, pero las nubes eran liquidas, o por lo menos, de ese elemento parecían estar hechas. Oscuras y densas como el petróleo. Se movían inquietantemente formando figuras que, por alguna extraña razón me resultaban grotescas y diabólicas. Presentí  la inminente descarga de lo que haya contenido. Mi mente intentó buscar alguna lógica, un sentido, explicaciones para semejante fenómeno, pero mi cuerpo dio la alarma. Me estaba congelando. “A mover el culo, viejo estúpido” me dije y salí disparando antes de que el frio inaudito me quitara la vida. Varias cuadras más y empecé a reconocer la zona. No estaba muy alejada del destino que buscaba con tanta desesperación. Eso no me significó  ningún alivio. Todo se hallaba tan frio, oscuro y siniestro como lo anteriormente recorrido. Sin embargo, seguía depositando mis esperanzas en el centro de la ciudad. Unas cuantas cuadras más y confirmé que iba por buen camino. Faltaba muy poco para llegar al centro comercial, muy poco, muy poco…Entonces…Entonces, el espanto levantó la voz para llevar la situación que estaba soportando al extremo más absurdo y terrorífico. Aullidos. Aullidos de lobos. Si. Eran inconfundibles aullidos de lobos que para mi desgracia se escucharon cerca de mí.  Mas precisamente, a mi espalda, a metros nomas. Con la lentitud del cobarde fui dando media vuelta y me encontré con lo increíble pero temido. Ahí estaban los lobos. A diez o quince metros de mi persona. No podía precisar el número de bestias. Por momentos me parecía que sumaban decenas; por otros momentos: se me ocurría que eran centenas. Enormes, oscuros, de fauces abiertas dejando ver largos colmillos cuales navajas. No diré que sus ojos centellaban rojos pues estaría mintiendo. Aquello que observé era mucho más atroz, tan atroz que prefiero no escribirlo para que el olvido se apiade de mí. Esos monstruos llamados lobos babeaban un líquido negro  y espeso. Algunos tiraban dentelladas al aire poseídos por una furia que jamás vi o imaginé. Las bestias ya estaban a unos segundos del ataque. No lo pensé ni una vez. Me lancé  a la fuga y en ese mismo instante, los lobos emitieron rugidos que me resultaron sobrenaturales. ¿Podía un viejo como el que yo era vencer en la fuga? Ese interrogante jamás se me ocurrió,  y si así fue, circunstancia que no recuerdo por más que intento, muy poco me importaba. La cuestión era correr, correr, correr como un loco. Y así fue. Corrí como un loco sin tener bien claro de dónde sacaba la fuerza para no agotarme. Por su parte, ese ejército de bestias enfurecidas no tenía intenciones de darme el más mínimo respiro. De todas formas, en ningún momento guarde esperanza alguna de que desistieran. Querían mis carnes y nada en el mundo las podría iba a detener. Y de pronto, ya estaba en el centro comercial de la ciudad. Entre la desesperación y el espanto pude reconocer por donde andaba. Gral. Paz a la altura del correo central. Por lo poco que pude ver debido a la persecución, el panorama era idéntico a todo lo anteriormente visto. La desolación absoluta. Busqué las peatonales sin que hubiera  un motivo estratégico en esa decisión. En esas circunstancias, no hay tiempo para tomar decisiones. Simplemente busqué las peatonales. Solo puedo decir que todo daba lo mismo. Correr hacia cualquier parte con la única razón de escapar. No recuerdo de ninguna manera por cual peatonal doblé, y estoy seguro que jamás podré recordarlo, pero por la que  haya sido, choque de frente contra “algo” que en un primer momento no lo pude definir. Fue un golpe tan violento que me tiró de espalda al suelo.  Por un instante creí que me desmayaría, pero nada de eso sucedió. Sacudí la cabeza y el panorama se aclaró  nuevamente. De todas formas, estaba perdido. Los lobos darían cuenta de mí en breve, en segundos.  Entonces, levanté la miraba y encontré a un tipo que no excedía los cuarenta años parado observándome con su cabeza levemente inclinada hacia un hombro. Contra ese tipo había chocado. Era bastante alto, pero no desproporcionado; vestía un traje oscuro de corte moderno que  sin dudas era  muy costoso. Uno de esos trajes que una persona común no podría acceder ni en mil años; camisa blanca inmaculada y sin corbata; un buen par de zapatos negros acorde con el estilo y el presupuesto del traje; ostentaba una larga cabellera blanca trenzada al estilo jamaiquino; gafas de última generación adornando un rostro anguloso y  pálido; su nariz era  un tanto aguileña y dibujaba una sonrisa que, debo admitir, era muy simpática y quizás guardaba un trasfondo de picardía.
-Levántese, amigo- Me pidió con cierta firmeza al mismo tiempo que me extendió un bastón negro que le hubiera despertado la envidia a cualquier buen coleccionista. De bastones, por supuesto.
-¡Los lobos…!- Exclamé. Y acto seguido me incorporé ayudado por hombre y aquel precioso objeto.
-Olvídese de los lobos. No existen…O por lo por menos, no es lo que usted piensa.
-¡¿Qué dice…!?.
-Observe por su propia cuenta… ¡Vamos! Anímese a enfrentar la verdad.
Y nuevamente con la lentitud del cobarde, me di media vuelta para que mi más absoluta sorpresa se enfrentara a la verdad. No había un solo lobo. Eran personas. Decenas, cientos de personas paradas  a unos diez o quince metros de mí.  Sin embargo, no pude evitar el espanto. Mujeres y hombres pálidos, inquietantemente inmóviles que me observaban con esos ojos que eran bolas negras.
-¡Dios mío! ¡Son fantasmas…!
-Por segunda vez equivocado, mi amigo…- Me hizo saber el misterioso y bien vestido personaje.-No son fantasmas. Son remordimientos. Sus más profundos remordimientos… Aunque jamás vaya a admitirlos. Ellos, han tomado la forma de las personas que alguna vez fueron afectadas por sus actos y decisiones… ¿Logra entenderlo, mi amigo?
No respondí.
El personaje levantó la mano y la movió como llamando a uno de ellos.
Un niño de no más de diez u once años caminó hasta nosotros y detuvo a unos cuatro metros de donde estábamos. El personaje lo señaló con el bastón y dijo:
-Ese niño hoy tendría vida y esa apariencia de no ser por su decisión de que aquella noviecita abortara… ¿Recuerda esos días? ¿Recuerda todo lo que sucedió?
-Si- Admití con voz grave.
-¿Quiere que repasamos a cada uno de los que ahí están, mi amigo?
-No hace falta. Ahora que los veo mejor puedo definir cada historia…
-¿Y? ¿Qué tiene para decir?
Sonreí al mismo tiempo que me cubrí el pecho con los brazos. El frio me estaba calando hondo. Pregunté:
-¿Quiere que pida perdón? ¿Quiere que rompa en llantos arrepentido por el mal que he cometido? ¿Se cree que esto me afecta? No. Fueron decisiones que tomé luego de días de reflexiones, de pensarlo milimétricamente durante horas, de buscar sin descanso todas las alternativas posibles. Llegué a una conclusión y así actué en consecuencia. No pediré perdón. Jamás. Hice lo que debía hacer…
-Lo sabía, mi amigo. Ya lo sabía muy bien. Por eso está acá. No lo culpo, pero deberá aceptar la consecuencia de sus actos… Arrepentido o no. ¿Entiende de qué se trata todo esto?
Bajé la cabeza y respondí con la resignación de los que van a ser fusilados y aun guardan la dignidad de no demostrar temor.
-Si…
El personaje colocó su bastón en mi hombro izquierdo e insistió con la misma pregunta:
-¿Entiende realmente de qué se trata todo esto, mi amigo?
-¡Si, la puta madre!-Grité- ¡Entiendo perfectamente!... ¡Estoy muerto…!
Y el personaje afirmó con la cabeza.
-Morí a las quince horas de un enero fabuloso…
-Atropellado por un automóvil al cruzar la calle. Lo dejaron abandonado. La ambulancia llegó muy, pero muy tarde. ¿Todo esto era muy obvio?
-Demasiado…-Admití- Pero este frio me impedía “digerirlo…” Sin embargo, era muy obvio…Desconocía por completo la forma en la que había muerto, pero sabía de alguna manera que estaba muerto… ¿Este lugar es la muerte, el más allá, qué…?
-Nadie sabe a ciencia cierta qué lugar es este. Ni yo, que siempre he estado aquí haciendo este trabajo…Algunos lo llaman “El Sitio Incierto”; otros, “El Limbo”, pero en eso se equivocan. El Limbo es otra cosa y no se encuentra por estos lares; están los que lo mencionan como “El Paso de Los Muertos”, tampoco me convence y principalmente, es incorrecto…Yo, mi amigo, no lo llamo de ninguna manera…
-¿Aquí siempre es así de frio?
-El frio lo siente usted. Para otros, este es un lugar insoportablemente tórrido. El panorama, también está relacionado con la vida que llevó, con los lugares que frecuentó y con la idea más oscura con respecto a esos sitios. Algunos verán una jungla salvaje y mortal; aquellos, un siniestro parque de diversiones en cual sufrieron algún trauma cuando niños…El lugar se adapta a los temores del…condenado.
-Odio el invierno…Lo odio desde el alma…Hace tiempo, mucho tiempo, quedé en la calle. Sin hogar, sin trabajo, sin un miserable lugar en donde tirar los huesos, sin nada… Era un desamparado. Durante el verano todo era un poco mas…soportable, pero cuando se presentaba el invierno la vida se me convertía en un verdadero infierno, frio, oscuro, despiadado…Odio el invierno…
Entonces, me di cuenta de donde estaba. O por lo menos, creí saber en dónde estaba.
-¡Este es el infierno! ¿No es así?- Le pregunté al misterioso personaje de excelente buen gusto en el vestir.
Esbozó una sonrisa, pero no me respondió. Insistí enfadado con la pregunta.
-¡Este es el puto infierno! ¡Un infierno diseñado según mis miedos más extremos! ¡¿Qué otra porquería puede ser?! Frio, una noche eterna amenazando llover, sin un miserable lugar en donde tirar el cuerpo, absolutamente desamparado…Este es el infierno. Esta es mi condena…
El personaje desarmó la sonrisa y respondió:
-No, mi amigo. Esto no es el infierno. El infierno es algo peor… Muchísimo peor.
-¿Qué me dirá? ¿Me hablará sobre un lugar en llamas poblados por terribles demonios que se pasan una eternidad desollando al condenado, sometiéndolo al fuego, mutilándolo por siempre? ¿A ese infierno se refiere?
 -Aquel que crea en ese infierno y se lo merezca, pues a ese infierno irá. Pero verdadero infierno es otro…
-No creo que para mi exista peor infierno que este sitio…Se lo aseguro.
-Por la dudas, no ponga las manos en el fuego ante lo que tanto cree.
El personaje buscó algo en el bolsillo interno de su saco y extrajo una tarjeta de fino diseño. Me la extendió y dijo:
-Por cierto. Mi nombre es…Bueno. Mi nombre no tiene mucha importancia. De hecho, tengo miles nombres y ninguno vale la pena ser pronunciado.  Por aquí se me conoce como El Tarjetero. Esa es mi tarea en este lugar. Entregar tarjetas…
-¿Entregar tarjetas?
-Precisamente. Entregar tarjetas. Le comento que es un trabajo como cualquier otro, mi amigo. La tarjeta que le acabo de entregar le indica la ubicación exacta de un sitio en donde encontrará amparo. No está muy lejos de acá. Apenas deberá caminar unas cuatro o cinco cuadras. Es un antiguo café que en “La Realidad” en la supo vivir ya no existe. Pero aquí, aun se conserva en todo su esplendor. Vaya, mi amigo. El frio está tomando más intensidad y eso, no es conveniente para usted…
Observé la tarjeta, memoricé la dirección y cuando quise hacer un comentario, ya estaba solo.  El personaje que se hacía llamar El Tarjetero y esos seres que en un principio fueron lobos y luego “remordimientos”, habían desaparecido silenciosa e insólitamente. Sin más pérdida de tiempo, busqué el café que indicaba la tarjeta. Su nombre se remitía al estilo épocas pasadas y como nombre, no decía mucho ni dejaba entrever nada. Gran Café Ambassador. El frio tomaba una intensidad insoportable. Caminé seis y di con el local en cuestión. Su frente era enorme y hermoso. Paredes pintadas en un azul tenue; enormes ventanales y una entrada majestuosa. Pude adivinar la mano de un arquitecto obsesionado por el estilo Art Deco. Me pregunté qué pudo haber pasado con tan hermosa construcción en “La Realidad” que supe vivir hasta que me atropelló un automóvil. ¿Interés financiero? Recordé que en ese mismo lugar se erigía un vulgar edificio con ínsulas de rascacielos. Si. Interés financiero. Abrí la enorme puerta sin demasiados rodeos y me encontré con un interior consecuente con lo que el frente prometía. Entregarme a describirlo me llevaría una considerable cantidad de páginas. No por los detalles a exponer, que por cierto eran muchos, delicados y bellos, sino porque las llenaría de elogios, adjetivos como algo soportable literariamente y miles de alabanzas. Solo diré que era un lugar cálido, de luces tenues y tranquilizadoras. Creo haber sonreído. Pero no lo puedo asegurar. Ya el frio era parte de un pasado borroso. Solo un detalle me llamó la atención. Nada preocupante en un principio. Conté apenas tres “clientes” mas. De forma inmediata se presentó un hombre que bien podría haber sido el mozo. Me hizo acordar al Tarjetero. Ya por su altura, ya por su excelente vestir, ya por sus gafas oscuras en un rostro muy similar. Diferían en el pelo. Este nuevo hombre lo tenía oscuro y cortado en un estilo “desprolijo”. Sonrió y muy amablemente me dijo:
-Bienvenido al Gran Café Ambassador, señor… ¿En cuál de todas las mesa se piensa ubicar? Elija sin ningún temor…Pero elija bien.
-¿Por…?
-Porque ahí pasará un largo periodo.
-No entiendo…
-Señor…Usted es un Condenado y es aquí en donde cumplirá la condena.
Guardé silencio durante un larguísimo tiempo o de lo que fuese que reinara en tan insólito lugar y por fin me decidí.
-Una mesa a la par de una ventana.
-Muy bien. Lo acompañaré hasta la mesa que usted quiera.
Y así fue. El hombre me acompañó hasta una mesa que me permitiera observar el exterior. Tome asiento casi dejándome caer en la silla y suspiré.
-Aquí le dejo una lista para que usted la complete.
Acto seguido, mi anfitrión depositó sobre la mesa una planilla en la cual se observaban números que iban del uno al cien en dispuestos verticalmente. A la par de los números había unos casilleros en blanco.
-¿Qué es esto?- Pregunté.
-Ahí deberá anotar en los casilleros en blanco sus cien canciones favoritas.
-¿Mis cien canciones favoritas?
-Sí, señor. En el Gran Café Ambassador nunca debe faltar la música. A Los Condenados le damos la posibilidad de escuchar sus canciones favoritas.
-Pero…Los demás estarán obligados a escuchar mis canciones…
-No se preocupe, señor. Los demás están escuchando sus canciones favoritas. Esto le llevará un tiempo, así que podemos pasar al siguiente…
Dicho eso, dejó sobre la mesa un cuaderno tapa dura y una estilográfica.
-Para que escriba, si es de esos que le gusta escribir, señor. Al cuaderno nunca se le acaban las hojas y a la estilográfica nunca se le acaba la tinta. La inspiración jamás será interrumpida por alguna falta...Y le aseguro que acá tendrá mucho para escribir. Ya por inspiración, ya por aburrimiento. Y ahora…Lo más importante. ¿Qué desea tomar? Piénselo bien. Será lo único y será para siempre…
Y la verdad, es que casi ni lo pensé.
-Un cortado doble…
-¿Está seguro?
-Seguro.
-Muy bien. Un cortado doble para siempre.
Y dicho eso, el hombre se fue a cumplir con el  pedido. Un cortado doble para siempre. Por mi parte, me entregué a anotar los cien temas que consideraba mis favoritos. Todo era demasiado obvio. Todo estaba muy claro para mí a pesar de que recién empezaba La Condena. Una condena sin igual. Existen infiernos inimaginables, sorprendentes, insólitos. Yo estaba en el infierno. Un infierno sin llamas, sin demonios, sin golpes, sin mutilaciones, sin alaridos desgarradores. Un infierno sin frio, sin desamparo, sin noches en donde no tener un lugar para dormir, sin la amenaza de una tormenta inminente. Un infierno muy particular y subjetivo. Todo aquello que alguna vez me había resultado grato, se transformó  en una pena infinita y eterna. No estaba Ella para compartir unos cortados mientras cruzábamos planes para el futuro. Ni para disfrutar de la música que tanto nos agradaba, ni para que leyera las tonterías que yo escribía sin ninguna otra pretensión de que fuese solo ella quien lo leyera. No estaba Ella. Solo estaba yo, en la absoluta soledad de los buenos recuerdos. El peor de los infiernos.

En estos momentos está sonando Don’t Dream It’s Over de los Crowded House…   

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