La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


viernes, 7 de junio de 2013

Una noche en Varsovia Por Iván Wielikosielek


Selección polaca de 1978.







Historias de Fútbol




1-  

Durante el mundial setenta y ocho, mi abuelo dejaba todo para ver jugar a los polacos. Si el partido era de día y él estaba con los panales, se venía corriendo entre las abejas y se sacaba la máscara en la cocina para no perderse ni un minuto. Si el partido se jugaba de noche, entonces se acomodaba en un silloncito frente a la pantalla y lo miraba sin dejar de tomar hirvientes tazas de té.
Había sido mi abuela quien me había contado las nuevas costumbres del viejo y no dejaba de sorprenderme: que yo supiera, a él nunca le había interesado el fútbol. “No es por el fútbol, es porque está jugando la gente de él”, me había dicho la vieja. Y aquella frase me había perturbado más de la cuenta. ¿Acaso ella no era “su gente”? ¿Acaso mi padre y mis tíos no lo eran? Empecé a pensar que, de hecho, quizás no lo fueran. Por algo ella siempre lo había tratado con distancia, como si fuera un inmigrante que sólo estaba de paso por su casa. “Eh, hombre, vení a comer”, le gritaba cuando eran las doce. Y el viejo venía a la cocina sin hablar, con la máscara de alambre bajo el brazo como un astronauta pobre. No había dudas que mi abuela no quería formar parte de “su gente”. Pero entonces ¿a dónde estaba “esa gente”? ¿Eran acaso sus hermanos que habían muerto en la guerra? ¿Eran los amigos que había dejado y de los cuales guardaba fotos? ¿Era alguna novia perdida?
En cuanto a su nacionalidad, a mi abuelo le decían “ruso”. Sin embargo su pueblo natal estaba situado en Ucrania y luego sería anexado por Polonia, se volvería territorio ruso tras la guerra y en nuestros días pertenecería a Bielorrusia. Entonces ¿de dónde era “su gente”? ¿A qué país tenía que hacerle barra mi abuelo en un partido de fútbol? A ese enigma la vieja me lo había empezado a revelar.


2-

Aquella selección de Polonia del mundial le había dado una extraña identidad a todos los eslavos de mi pueblo. Era común que en la despensa, por ejemplo, alguien le dijera a cualquiera de ellos algo como “qué partidito que jugaron anoche, ¿eh?”. Y más común todavía era que ellos sonrieran. ¿Qué importaba si eran rusos, bielorrusos o ucranianos? ¿Qué importaba si todos los reconocían a través de ese equipo de rojo? Para la gente de mi pueblo. no quedaban dudas que Wiekzorek, Szymanowski, Maculewicz, Tomaszewski y Kasperczack (sólo por citar algunos jugadores) pertenecían a la misma tribu que don Vicente Jackow, don Anatolio Grinevich y mi abuelo Basilio. Y durante varios días de mundial, los viejos gozaron de un inusitado prestigio. Sin embargo mi abuelo era el más reacio a los cumplidos; por más que Polonia ya estuviese en la ronda semifinal, él nunca sonreía. Y a ese misterio ni mi abuela me lo pudo explicar.
Lo cierto es que aquella noche que recuerdo con la nitidez de mi cumpleaños número siete, Argentina enfrentaba a Polonia en Rosario. Era un partido demasiado importante y se me presentaba la primera gran contradicción de mi vida. Hasta ese momento, yo no tenía ningún amor místico por Polonia, pero luego de lo que me había contado la vieja, me amargaba “hinchar” en contra de mi abuelo. Además, era cierto que todos los apellidos de los polacos se parecían al nuestro. Y yo que me sentía sin familia tras la partida de mi padre, ¿no tendría, como el viejo, “mi gente” en aquel país? ¿No estarían allá las madres que me pudieran querer, los primos con quienes poder jugar, los padres que no se irían nunca? Sin embargo a la hora del partido me olvidé de todo. Y soportando el nerviosismo de mi madre que no dejaba de persignarse cuando la agarraba Lato, grité los goles de Kempes y el penal que Fillol le atajó a Deyna como si hubiéramos ganado la guerra. Al terminar el partido, poniéndome mi campera marrón, me fui corriendo a verlo al viejo.


3-

Parecerá increíble pero en aquel tiempo nadie salía a festejar los partidos a la calle. Así que el pueblo estaba vacío y helado. Así deberían de ser las calles en los suburbios de Varsovia en invierno, me dije yo, que por ese entonces me sabía las capitales de Europa gracias a las figuritas. Y con este pensamiento caminé por Ballesteros.
Al llegar, ví que la casita de mi abuela con su pálida luz en la ventana se aprestaba a dormir. Salté la tapia blanqueada a la cal, golpeé la puerta y entonces me abrió la vieja. Le dije que necesitaba hablar con el nono. “Se está por acostar”, me dijo ella. Pero no había terminado la frase cuando el viejo apareció por detrás: “Vamos a tomar té con nono, hijo, vení”. Y dándome un beso me hizo pasar. La que se fue a dormir fue ella.
Había un silencio de tumba en la casa. El tic tac del reloj parecía la cortadora de cadenas de la fábrica del pueblo. El chorro del agua caliente cayendo sobre las tazas, las cascadas del río cayendo contra las piedras. “Toma, hijo, odin dobro chái” (un buen té), me dijo. Y pasándome la taza y el tarro de miel, sonrió como si estuviéramos en su casa de la niñez. Yo no sabía qué decir. No me animaba a sacar el tema del partido para que no creyera que venía a cargarlo. Pero él tampoco habló de eso en toda la noche. En cambio me preguntó por la escuela y le conté. Cuando llegó mi turno, le pregunté por Polonia, si en invierno la gente salía a la calle. “Muy poco, hijo. Allá mucho frío. Allá, río congela y chicos patinan”. A mí me costaba concebir un río congelado, pero la imagen de los chicos deslizándose sobre el hielo me parecía mágica. Si hubiera podido pedir un deseo, hubiera querido que se congelara el Pozanjón.
Cuando ya fue demasiado tarde, le dije al viejo que me iba. Entonces él, sacando un pedazo de queso rayado de la heladera y abriendo un pan con la mano, me lo dio en sándwich. “Para el camino, como en Polonia” dijo, y me abrazó en la puerta. Salté la tapia otra vez y crucé la canchita del ferrocarril con un sentimiento amargo: al fin y al cabo yo nunca había conocido a mi gente, esa de la cual llevaba el apellido en el documento, la sangre en las venas y la misma infusión caliente en el estómago. Yo seguía horriblemente solo, yendo de una casa ajena a otra más ajena aún, como un vagabundo que está de paso por las familias.
Al llegar al centro, el único auto que pasaba se detuvo a mi lado. Era el papá de un compañero de escuela. “¡Rusito, no pasa nada con ustedes! ¡Qué lindo baile que les pegamos!”, me dijo. “Ya vamos a levantar”, fue todo lo que atiné a decir. El auto dobló la esquina y las calles volvieron a quedarse vacías. Una vez más caminé por el pueblo con la seguridad de andar por Varsovia, volviendo de consolar a mi abuelo tras la derrota con los argentinos. El frío era insoportable y aunque no me molesté en ir a comprobarlo, estaba seguro que esa noche los chicos patinaron sobre el agua del Pozanjón, sobre esa agua marrón congelada como el río de los mújiks.

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