La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


lunes, 8 de julio de 2013

CODIGO R Por David Voloj

Hay calles que satisfacen una amplia gama de necesidades espirituales y materiales. En Córdoba, una de ellas se llama Humberto Primo. A la altura del puente Avellaneda se reconocen un par de bulines y whiskerías históricas, a metros de las concesionarias de autos usados y las chacharitas donde, por lo que dicen los carteles, también se enseña kung fu. Me gusta caminar por ahí, entrar a esa panadería frente al ACA donde aún venden bolas de fraile y merengues rellenos con dulce de leche. Más adelante se ven bazares abarrotados de señoras comprando coladores y pelapapas, la sede de algún credo redentor, negocios de ropa barata, tiendas de mascotas y golosinas al por mayor. El recorrido culmina cuando la calle cambia de nombre y, tras un par de tentadores carritos de praliné, se llega a esa especie de paraíso de los sentidos que es el Mercado Norte. El camino puede no ser el más atractivo a la vista. Pero la mayor parte de la ciudad luce el mismo maltrato en el rostro. Por eso en las publicidades del gobierno nunca aparece la calle Humberto Primo sino imágenes de Nueva Córdoba, con actores que simulan felicidad viendo las aguas danzantes del Buen Pastor o el monumento a Bustos.
Frente al colegio Gabriela Mistral se abre una galería oscura, vieja, sucia. Es fácil reconocerla; en el primer local venden motos ploteadas con colores y formas llamativas a bajo costo. En el pasillo de entrada hay un pizarrón, montado en un caballete, con papeles pegados y un par de suelas de borceguís clavadas con chinches. Ahí se exhibe la dirección, Humberto Primo 150, y el nombre de los comercios del interior: una fotocopiadora, un lugar donde arreglan zapatos, una oficina de diseño gráfico, una casa de saldos y usados.
Una vez tuve que entrar a esa galería porque adentro también funciona la SADE y SALAC. No recuerdo por qué fui. A lo mejor quería preguntar cuáles eran los requisitos para inscribir una obra inédita en el Registro de Autores Quizás fuese a quejarme porque me sentía estafado tras participar en esa clase de concursos literarios organizados por tan prestigiosas instituciones literarias, concursos para los cuales es preciso pagar cierta suma de dinero en concepto de inscripción y que extrañamente suelen declararse desiertos. No lo recuerdo y, la verdad, el motivo no importa. Lo cierto es que fui y no pude averiguar nada porque ambos lugares estaban cerrados.
Llamé por teléfono para corroborar qué días y a qué hora atendían. Tampoco tuve suerte cuando regresé. Las puertas seguían con llave y nadie escuchó mis insultos. Fue entonces que descubrí la librería Tomo 1. Estaba al lado de un Sex Shop, una ubicación extraña ya que el porno y el sadismo no se vinculan demasiado con la lectura. Sin embargo, los libros de la vidriera estaban buenos, los precios interesantes y, lo más importante, no había nadie adentro.
En el interior del local, tres zonas diagramadas estratégicamente: en una pared, una larga biblioteca dividida en áreas temáticas; en la otra, estanterías que lucían ejemplares de frente; al medio, una caótica mesa con pilas de libros mal acomodados  que se caían con el aliento. Así, si andabas buscando un autor en particular, lo podías encontrar a tu izquierda; si sólo querías matar el tiempo y echar una mirada para saber si algo valía la pena, lo podías hacer a tu derecha; y si te gustaba revolver, también podías hacerlo. De cualquier manera, algo ibas a encontrar y te lo ibas a llevar. El tipo que atendía, lo sabía.
Ahora bien, lo mejor de la librería era eso, el tipo que atendía, una rara combinación entre el protagonista de La conjura de los necios, Mr. Bean y el hijo no reconocido de Jorge Luis Borges.
–Sí, sale 25 pesos –dijo moviendo los ojos frenéticamente cuando le pregunté si era correcto el precio de El Rodaballo de Grass.
Lo vi sentarse en su banquito, como queriendo pasar desapercibido sin mucho éxito.
Si tuviera que elegir una palabra para calificarlo, diría que era un fenómeno, en todos los sentidos posibles.
Estuvo cinco minutos inmóvil. Mientras tanto, yo seguí manoseando y separando libros.
–Si no encontrás algo, te lo puedo traer –escuché que decía entre dientes, como si hablara consigo mismo.
Me di vuelta y le mencioné algunos títulos agotados. No los tenía, pero los conocía. A todos. El tipo se paró, volvió a hacer ese extraño vaivén con la mirada, y dijo que podría conseguirlos. Después comenzó a recomendarme otros libros de los mismos autores que había mencionado. Sabía bastante y tenía una respuesta a cuanto nombre se me cruzara por la cabeza.
Escucharlo me produjo una serie de reacciones encontradas. Porque no hablaba por hablar sino por compromiso, porque yo le preguntaba. Observé que tenía algunos tics. Al escuchar el apellido de un escritor, se acomodaba los lentes, los ojos quedaban en blanco como si buscara la ficha bibliográfica en algún sector de su archivo cerebral, y luego modulaba un discurso demasiado pertinente como para ser verosímil.
Decidí ponerlo a prueba con un incoherente arsenal de nombres: Sergio Bizzio, León Rozitchner, Quim Monzó, Fabian Casas, Sor Juana, Iván Ferreyra, Guillermo Arriaga, Pier Paolo Pasolini, Mijail Bajtín, Federico Falco, Griselda Gambaro, Javier Martínez Ramacciotti, Mario Santiago e incluso me mencioné a mí mismo. Conocía a todos. De algunos sólo había visto los relatos que en algún momento habían salido publicados en La Voz, de otros recordaba reseñas.
Como en ese momento no tenía plata, o mejor dicho no tenía la plata que hubiese querido gastar, señé unos diez libros, le encargué otros tantos, y quedé en volver al otro día. Antes de irme, el tipo me aclaró que atendía de lunes a viernes de 11 a 13 y de 17  a 19
–Aunque probablemente cierre a eso de las 12, o me quede durmiendo en casa–aclaró–. Y a la tarde vengo cerca de las 18, o a esa hora me voy. Según el día…
La explicación no podía ser más precisa. Varias veces volví a buscar mis libros y me encontré con la puerta cerrada, como si el dueño de la librería se hubiese complotado con la gente de la SADE para hacerme perder el tiempo.
Finalmente, un día pasé y el foquito de 25wats de la vidriera estaba encendido. Gasté la plata de la luz y la municipalidad en libros. Llevé los que tenía señados, algunos más, entre los cuales está El arte de amargarse la vida, el delirante tratado de Paul Watzlawick sobre la vocación de infelicidad que guía la conducta humana.
Ahora, mientras escribo y reviso la biblioteca, me acuerdo del tipo este, fenómeno extraño de esta Córdoba que poco a poco va perdiendo su capacidad de sorpresa y ya no entra a galerías siniestras ni se detiene a mirar, a contemplar a los demás, a degustar esa realidad que roza lo absurdo y que sin embargo está ahí, como ahí estaba el tipo ese, dueño de una de las mejores (sino la mejor) librería de saldos y usados que he conocido.

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