La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


miércoles, 3 de julio de 2013

El salto de los papelitos Por Santiago Pfleiderer

Gûemes. Barrio de ex conventillos, de cuchillos y malandraje. Barrio de faso, merca, de putas y travestis vendedoras de petes tacheros y policiales. Barrio de choritos y rateros. Barrio de artesanos y bohemia, de músicos callejeros y de panes rellenos. Barrio de paredones rosados, de peladas y de Cañadas. Barrio de bares inscriptos en Nueva Córdoba por una municipalidad lucradora. Allá voy. Tengo un deber que cumplir: destapar las últimas birras de un fin de semana gris.
Canilla, el Jetón, el Pipa y el “maestro de ceremonias” Flay Belzagui se agolpan en el cordón tras la media-sombra y un par de telas rojas. Por ahí llega Papi Chimi Romero en su Pointer y baja su Fender a lunares. Las veredas son intransitables y por la calle de pedo logra pasar el Trole C, mientras las motos andan despacio y los autos tocan bocina. Esa cuadra de Güemes los domingos se convierte en la máxima expresión del delirio.
La viola Parker de Canilla suena sucia entre un wah-wah y válvulas endemoniadas. Dos cajas golpean el pecho con los duros graves del bajo Ibanez del Jetón, y la bata del Pipa suena firme a pesar del tremendo quilombo.
Borrachines, curiosos, transeúntes y los visitadores de la feria se agolpan bajo los viejos paredones rosados para ver la a la banda en acción. Media calzada cortada y la bronca de los automovilistas. Las tucas brillan en las sombras y decenas de botellas de birra mueren abandonadas en la vereda. La esquina es una plaza pública medieval con saltimbanquis y monitos haciendo bufonadas en la contracara de la ley.
Laburar en un bar que queda frente al Paseo de las Artes es como participar en un Big Brother desquiciado, en un carnaval sin bombuchas, en una fiesta pagana. Desde la puerta del bar puedo ver todo. La “orquesta estable” genera un ritual dionisíaco entre cientos de personas. La “pelada” es parte de la fauna autóctona, baila en el medio de la calle y frena a los autos, manguea puchos y mea en la vereda. Familias, parejas, amigos, turistas y artesanos se adueñan de la calle para formar parte de una ceremonia que seguramente se repetirá con sólo un secreto: la sorpresa de la improvisación.
En una ciudad donde los músicos son criminales y donde la música en vivo es un delito, hay quiénes se atreven a mostrarles el culo al Código de Faltas y a la Ordenanza de Espectáculos Públicos.
Cuando la “orquesta estable” desaparece, músicos y grupos diversos invaden la calle bajo la arenga constante de Flay Belzagui, el “maestro de ceremonias”. Destapo birras a lo loco y fumo en la vereda. Flay se adueña de la calle cuando los autos no pasan y pega un salto en el que vuelan miles de papelitos recortados. En ese pequeño vuelo deja relucir un chaleco de lentejuelas y una sonrisa desencajada.
Entre porrones callejeros y panes rellenos, en la noche del domingo se respira libertad, sahumerios y poemas susurrados. Libertad de sentir un espacio público como propio y sin censuras. Músicos en la calle estorbando el tránsito y la idiotez con temas de Eric Clapton, de Yes y de Queen. Libertad de una queja abierta mediante el arte. Pequeña libertad de saber que después del porrón y de la banda hay que ir a dormir para luego madrugar, y dejar los demonios enfrascados hasta el próximo domingo.







Dibujo de Jorge Cuello

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