La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


viernes, 12 de julio de 2013

Hemingway en Perú Por Andrés Acha




Cabo Blanco era un pueblito de pescadores como cualquier otro hasta que en 1956 lo visitó el escritor estadounidense Ernest Hemingway y lo sacó del anonimato para siempre. Máximo Jacinto Fiesta fue uno de los hombres que acompañó al Premio Nobel de Literatura en sus días de pesca durante la única visita que hizo a Sudamérica. 

Texto y foto: Andrés Acha*

Eran las ocho de la mañana del 16 de abril de 1956 cuando el escritor Ernest Hemigway aterrizó en un avión Douglas Dc-6b procedente de Miami sobre la pista de aterrizaje de la Internacional Petroleum Company, a 1.100 kilómetros al norte de Lima, la capital del Perú.

El hombre que había sido voluntario en la Primera Guerra Mundial no llegaba solo. Del avión bajó también su cuarta y última esposa, Mary Welsh, quien por esos días contó: “Me casé con el hombre al que amo y no con el novelista al que admiro. Nos conocimos en Londres, cuando él y yo éramos corresponsales de guerra. Solíamos conversar mucho de la vida enfundados en unos pesadísimos capotes militares, mientras la neblina se empecinaba en nublar el Big-Ben. Nos enamoramos a primera vista”.

También llegó con Hemingway y su esposa un equipo de la Warner Brothers que quería filmar algunas escenas para la película El viejo y el mar, que estaban filmando con Spencer Tracy de protagonista. Pero lo que Hemingway de verdad quería era atrapar un merlín negro.

Hemingway ya había ganado el premio Pulitzer por su novela El viejo y el mar, publicada en la revista Life en 1952, y dos años después el Premio Nobel de Literatura. Así que lo esperaba un grupo de periodistas de los diarios más importantes del Perú: Manuel Jesús Orbegozo (La Crónica), Mario Saavedra-Pinón (El Comercio) y Jorge Donayre Belaunde (La Prensa).

“Hola, colegas”, saludó el escritor y al pie de las escalinatas del avión improvisaron una conferencia de prensa:

–¿En cuánto tiempo escribió El viejo y el mar?, le preguntaron los periodistas.

–Lo escribí en 80 días, pero lo pensé 13 años. Lo que quiere decir que primero hay que vivir y luego escribir sobre una verdad profunda, y eso tiene más valor que la misma literatura.

–¿Cuál será su próxima aventura?

–No sé, las aventuras vienen a buscarme.

–¿Le gusta la bebida?

–Claro que sí.

–¿Y no le hace daño?

–Nunca me ha hecho daño. Además, los periodistas aguantamos cosas peores.

–A propósito, como periodista, ¿cuál ha sido su mejor noticia?

–La liberación de París. Yo iba en el ejército de Patton.

–¿Y la muerte?

–Es una prostituta con la que no quiero acostarme.

–¿Cuál ha sido el mayor éxito de su vida?

–Durar.

Dijo, y se fue.

En la comitiva que se fue con el escritor estaba el presidente del Fishing Club de Cabo Blanco, el millonario Enrique Pardo Heeren, el único peruano que integraba el exclusivo grupo de no más de 20 socios multimillonarios que formaban el club de pesca. Allí, el escritor se instaló en la habitación Nro. 5, se sacó el traje, se puso pantalón corto, camisa mangas cortas, un gorro, zapatillas, agarró su caña de pescar y se fue al mar.

Uno de los tripulantes del Miss Texas, la embarcación del escritor, era Máximo Jacinto Fiesta, un pescador de 33 años experto en carnadas que además había llegado con la Marina peruana hasta La Habana, Miami, Nueva Orleáns, el Atlántico y toda la costa del Pacífico. Tenía experiencia.

Hoy, a sus 90 años, en su casa de Cabo Blanco, Máximo Jacinto Fiesta recuerda:

–Ernesto era bien tranquilo. Salía a pescar todos los días desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde. Era buen pescador. Pescamos ocho merlines con él.

Máximo Jacinto Fiesta trabajó durante 20 años para el Fishing Club. Una vez, dice, a Hemingway se le había metido un merlín enredado abajo del bote. Así que le dijeron a él que bucee y ayude a atraparlo. Después de soltar al gigantesco animal, Máximo Jacinto Fiesta subió a la embarcación,  Hemingway sacó una botella de whisky de una canasta y le sirvió un vaso. “Tome Máximo, para el frío”, le dijo. “A él le gustaba el Johnny Walker, como a mí, pero yo ya no lo tomo porque es carísimo”, dice, y sonríe melancólico.

Hemingway salió a pescar a alta mar los 36 días que estuvo en Cabo Blanco y Máximo Jacinto Fiesta lo acompañó muchas veces. Las paredes de su casa cuentan en fotos y recortes de prensa las proezas de aquellos días. Él acompañó también a Alfred Glassell, un estadounidense que pescó el merlín más grande que hasta hoy se haya pescado en el mundo: pesaba 780 kilos y medía más de cuatro metros de largo.

Los días pasaban, Hemingway se levantaba temprano, desayunaba huevos duros, tostadas con manteca y café. Salía a pescar y siempre llevaba una botella de whisky o gin en el barco. Después de diez horas en alta mar volvía al hotel donde cenaba y después conversaba con sus amigos, tomaban algunos whiskys y a las 10 de la noche se iba a su habitación. El escritor tenía una manera particular de tomar su whisky: se mandaba un buen trago puro e inmediatamente un gran sorbo de agua, porque le gustaba que se mezcle en el estómago.

Hoy –60 años después– no queda nada en Cabo Blanco de aquella vida con millonarios excéntricos y estrellas del cine. Por ahí pasaron John Wayne, Marilyn Monroe, James Stewart, Gregory Peck, Cantinflas y el torero Luis Miguel Dominguín. El Fishig Club está en ruinas. Ahora solo queda la memoria de los que vivieron aquellos días de esplendor, como Máximo Jacinto Fiesta, que vuelve a guardar sus fotos en una caja, la ata con un piolín y dice como pensando en voz alta: “Yo quiero volver a pescar pero mis hijos no me dejan. Así que tengo mi caña en venta pero nadie me la quiere comprar”.

En 1983 el fenómeno de La Niña golpeó a Cabo Blanco, hundió a casi todas las embarcaciones y muchos de sus habitantes debieron mudarse a El Alto, un pueblo a cinco kilómetros de la costa, al costado de la ruta Panamericana. Máximo Jacinto Fiesta sigue en su casa frente a mar, con sus recuerdos.









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