La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


domingo, 7 de julio de 2013

Qué apostamos, fiera Por Diego Vigna

1
Dicen que se llamaba Juan Carlos Cabeda, pero era el Trépano, para sí mismo y para todos los que frecuentaban el centro neuquino y sus bordes. Neuquén siempre fue una ciudad de centro vivo, con buenos bordes. No había aglomeraciones ni embotellamientos pero había rutinas, pelados dueños de negocios de luminarias que iban de visita a otros locales tratando de ampliar sus egos, garcas dueños de casas de música o de locales de productos tenísticos que no saludaban a nadie. Quiosqueros deprimidos, resentidos. El Trépano era un habitante fundamental del centro neuquino, que bailaba en la rotonda del monumento a San Martín cantando temas de Luis Miguel cuando algún conocido en auto le tocaba bocina, o que andaba de visita, local por local, ofreciendo bolsas de residuos y lapiceras para después comprar vino. Dicen que se llamaba Juan Carlos, pero era el Trépano. Un apodo que le habían puesto en el secundario, decía él, por la capacidad sexual que ostentaba y el tremendo magnetismo que tenía con las chicas (parece que penetraba como un trépano en busca de petróleo). Murió el mismo día que murió Néstor. Lo encontraron en su casa con el cráneo partido, golpes en la espalda y un ojo reventado.

2
Lo vi desde chiquito porque crecí en el centro. Mi hermano también convivió con él en esos años. Era natural: un habitante, casi siempre vestido con una campera militar, camuflada, verde, y una bicicleta negra. Dicen que además fue vendedor de huevos, animador, maratonista, karateca, pianista, cantante, luchador, amante y, ante todo, apostador. Una frase hoy lo inmortaliza: su pregunta más cabal. ¿Qué apostamos, fiera? Eso fue lo que más repitió en los últimos treinta años. Y muchos le apostaban cerveza, vino, hamburguesas u otras comidas. Como cantante, ya lo dije: prefería los boleros. Como huevero, algunos lo hacían pasar a las casas cuando ofrecía los maples: los que tenían piano terminaban echándolo porque era horrible lo que hacía, y hasta los perros aullaban cuando se sentaba en las banquetas. Como luchador, y con motivo de la llegada de un circo a Neuquén, una vez le hicieron creer que los propietarios del circo tenían intenciones de hacerlo pelear contra un oso a cambio de buena guita. Por eso entrenó casi un mes alimentándose con carne cruda, para mimetizarse. “Si lo agarro lo mato”, llegó a decir.
Como apostador fue prolífico. Todo el mundo lo jodía pero él era solemne. Llegaron a decirle (en su rol de maratonista) que si corría desde la Plaza de las Banderas hasta el Río Grande (la ciudad de Neuquén entera de norte a sur, algo así como 50 cuadras) le iban a comprar una hamburguesa. Y así salió al palo, aprovechando la caída del terreno, porque no quería perder. Así, también, se tiró al río en invierno, se desnudó en pleno centro, buscó pelea sabiendo que lo iban a matar, siempre por el trago o el bocado.
Como animador llegó hasta la custodia presidencial. Cuando en el ‘90 Carlos Saúl Méndez viajó a Neuquén para inaugurar el diario La Mañana, en ese entonces de su amigote Julio Ramos (que en paz descansen), se había montado un operativo de máxima seguridad sobre la entrada de calle Fotheringam (una calle especial porque nunca nadie la logra distinguir: hay otra que se llama Nordenstrom, y otra que se llama Chaneton). Allí estaba el operativo montado para el corte de cinta, y allí se armó el revuelo cuando los custodios escucharon una voz, desde un costado, a minutos de la llegada del presidente, que gritó “cuando venga ese turco de mierda, lo voy a hacer cagar de un tiro”. Los de seguridad lo apartaron con elegancia y le dijeron algo que el Trépano aceptó como un duque, porque dos o tres minutos después llegó la comitiva oficial y los recibió en la punta de la vereda con una banderita en una mano, al grito de “grande Turco”, “vamos Méndez”.  

3
Ahora está muerto, como Néstor, pero también tiene Facebook y videos homenaje en YouTube. En la red social habla la gente y lo recuerda como se recuerda a un genio simpático y mediocre (como lo que Chabán dijo de sí mismo antes de poner los candados). Las cajeras del hipermercado del centro lo recuerdan hablándole a las cámaras de seguridad, pidiendo aumento para todos los empleados. Los de las librerías lo recuerdan entrando y pidiendo “dos morochas”, en referencia a los paquetes de Bic negras, para salir después a revenderlas. Los comerciantes lo recuerdan asomándose a los locales que estaban por abrir, soltando sus bendiciones. “Esto se está haciendo con alegría”, le dijo una vez a un chango que estaba por inaugurar una vidriera. “Va a andar bien”, le dijo. Y así. Se dejaba inflar el pelo, y a veces se dejaba crecer el bigote. Y hacía cuernitos frente a los escenarios de NQN Cultura, cuando tocaban bandas, los fines de semana, en el centro de la ciudad, en el centro del frío, en el centro de la angustia chata de esa estepa que resiste.
Hace casi nueve años que no vivo allá, pero lo vi por última vez poco antes de su muerte, con mi viejo, mi hermano y el negro de la Vega, parados los cuatro junto a un ring en el gimnasio del Parque Central. Estaba por empezar una pelea de Aldo “El Galán” Ríos por el título latino superligero interino de la CMB. Esa noche el Galán arregló la pelea contra un mexicano que lo abolló por lo menos durante seis rounds. Ríos se quedó sin aire en el cuarto, pero terminó ganando en fallo unánime. El público chifló el triunfo, desde la única gran tribuna de cemento que hay en el gimnasio.
Antes de la pelea, cuando estaba sonando el himno argentino, un tipo en la parte más alta de la tribuna se puso a gritar como loco, agitando un puño, como si hubiese querido decir muchas cosas a la vez, todas al mismo tiempo. Algunos empezaron a chiflarlo y otros lo increparon ahí mismo, trataron de sacarlo para que la televisión no tomara el escándalo. Intenté ver algo del quilombo pero cada vez enfoco peor, así que giré para preguntarle a mi hermano qué carajo estaba pasando ahí arriba.
“El Trépano”, me dijo. 


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