La x marca el lugar.

Tinta Irreversible.

Polosecki es una revista.

Polosecki es una de esas revistas que deberían darle a cada uno de esos viajeros que se niegan a ser turistas y que cuando pasan por Córdoba van en busca de algo más que los habituales atractivos. A esas personas que tienen la extraña intención de conocer el alma de las cosas.
No es seguro que Polosecki retrate con tanta precisión el alma de Córdoba, pero es un zoom bastante poderoso sobre algunas de sus zonas más oscuras y encantadoras.

“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”


domingo, 4 de agosto de 2013

“Yo trabajé con los narcos”




Texto y foto: Andrés Acha


Cuatro camionetas avanzan a toda velocidad por una ruta del Valle del Cauca, en el sur de Colombia. En cada una van cinco hombres armados. Usan chalecos antibalas. Veinte personas con Mini Uzis, 9 milímetros, Mini Atlantas, fusiles calibre 5.62 y 5.54 para proteger a El Saltamontes, un narcotraficante del Cartel del Valle que, desde que comenzó en este negocio a los 16 años, envió decenas de miles de kilos de cocaína a los Estados Unidos.

En una de esas camionetas va Jim. Trabajó primero con el café y el ganado que El Saltamontes tenía en una de sus fincas, pero de a poco se dio cuenta de que eso era una fachada, que lo importante no se veía. Se ganó la confianza del patrón, que lo hizo su guardaespaldas. También le tocaba ir en moto 10 minutos antes del auto donde llevaban la cocaína. O llevar él mismo un cargamento de 20 kilos escondido en los guardabarros del auto, en un doble fondo de los asientos, abajo del motor, esquivando los retenes del Ejército y de la Policía, por carreteras secundarias y barrios alejados.

“Tres años trabajé con los narcos. Hasta que mataron al Saltamontes y me salí”, dice esta noche Jim, retirado, mientras da otro sorbito de aguardiente. Además conoció a su mujer y se casó. “La familia de ella es legal, así que también me salí por eso”, argumenta. Ahora es el encargado de una finca en la que hay unas cabañas y un camping para turistas.

–¿Cómo comenzó en el negocio El Saltamontes? ¿Qué te contaba?

–Él decía que cuando era chico le tocó sufrir porque no tenía nada. Que las mujeres no le pasaban bola porque no tenía plata. Que cuando iba a las galleras no lo dejaban entrar porque no tenía plata. Comenzó trabajando para otro traficante. Ahorraba y compraba un kilo. Mandaba su paquetito con el cargamento del otro y así fue comprando cada vez más hasta que se abrió. Era un man bien parado, como indiecito era, serio. A toda hora estaba con su blackberry agachado, mandando mensajes a sus contactos. Al final, antes de que lo mataran, tenía cinco laboratorios que producían cada uno tres toneladas de cocaína por mes.

Al Saltamontes lo mataron de 12 tiros en Cali, un mediodía caluroso de 2011 en el que lo habían citado para arreglar un asunto de plata con otro narco. Le querían entregar una finca en forma de pago por la mitad de los 2.180.000 dólares que le debían. El Saltamontes no quiso, necesitaba el efectivo. OK, dijo el otro, voy a buscar la plata.

Como estaba mandando mensajes desde su teléfono, El Saltamontes no vio llegar la moto con dos personas de la que se bajó una chica joven. No la vio acercarse entre las mesas del restaurante lleno de gente. No vio a la chica sacar el arma con la que le pegó seis tiros en la espalda y en la nuca. Quizá vio desde el suelo, todavía con vida y boca arriba, cuando la sicaria le apuntó para terminar su trabajo y le pegó seis tiros más en el pecho. Tenía 35 años.

–¿Y no le gustaban los lujos al Saltamontes, como a otros narcos?

– La felicidad de él era estar en los gallos. En la finca tenía 2.400, algunos que costaban mucha plata, importados. A los gallos que más le gustaban les ponía un anillo de oro en las patas y los tatuaba. El Gallo de Oro se llamaba el que más quería. Le había tatuado un dragón. Iba siempre a una gallera muy conocida donde se juega fuerte. Puros narcos había. Jugaban fincas, camionetas. A nosotros a veces nos tocaba llevar la plata. El patrón llegaba a medianoche, miraba los gallos, nos decía apuesten a aquél, a éste. Y se iba. Él no tocaba la plata ni los gallos. Quería hacer una gallera privada para jugar entre duros, pero quedó en proyecto porque lo mataron. A pesar de todo lo que tenía, El Saltamontes era un narco mediano. Acá, donde se produce, un kilo de cocaína cuesta 1.700 dólares. Entrando a Estados Unidos puede valer 27.000 dólares. Y decían que vendiéndolo en la calle allá, de a poco, se le podía sacar 90.000 dólares.

Jim es amable. Por la mañana convida tinto, el aromático café colombiano y conversa: “Ahora al negocio lo sigue el sobrino, un muchacho de 19 años que ya vendió tres laboratorios. Vive en la finca del tío que, antes, había sido de otros tres narcos. Ahí teníamos armas escondidas en todas partes: en los techos de paja, en los asadores de carne, en la puerta de entrada, en la piscina, en todos lados donde había gente había armas. Si se calentaba algo tenían que estar a mano. Estábamos preparados para lo que venga. Yo en ese tiempo compré dos motos grandes, sembré café, compré ganado. Lecheras buenas. Ayudé mucho a mi hermana para que estudie. Me di gustos. Y vamos a comprar una casa”.

Ahora, alejado de las armas y del tráfico de cocaína, Jim vive en otra finca sobre la ruta Panamericana. Cuida el parque, la piscina natural, el lago, mantiene los senderos y las flores. También cuida unos cebúes, entre ellos uno grande que bufa y patea el piso cuando Jim lleva visitas.

Caminos violentos

La finca es de dos hermanos, Héctor y Dalma, él médico y ella abogada. Ninguno conoce el pasado de Jim. De lo que hablan ahora, este mediodía cálido de montaña, es de los peores tiempos de la guerra que desde hace 60 años golpea a Colombia. Desde que nacieron, Héctor y Dalma viven en un país en guerra, y cuentan que en el Valle del Cauca la presencia de la Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) se siente.

Héctor dice que como médico trabajó a mediados de los años 80 en un pueblo que era controlado por las Farc. Cada tanto llegaban los guerrilleros para que atendiera a su gente. Héctor se preocupaba por lo que podría pasarle si el Ejército se enteraba de que curaba guerrilleros. “No se preocupe doctor, tenemos dos anillos de seguridad con gente que nos van a avisar si se acerca el Ejército. Atienda no más”, le dijeron.

Su hermana Dalma recuerda los “secuestros milagrosos”, que tuvieron su auge hace 10 años. Dice que como uno de los líderes de las Farc había sido banquero tenía una base de datos de los clientes. Así que la guerrilla frenaba a los autos en la ruta, pedían la cédula de identidad y, con una computadora, investigaban el patrimonio del conductor. Si tenía plata, se lo llevaban a la selva hasta que la familia pagara el rescate.

“La gente que venía para este lado del país siempre tenía en el auto un kit de secuestro por si te llevaban: zapatillas para caminar, repelente de insectos, ropa cómoda. No vaya a ser que la secuestren a una con tacos altos”, dice Dalma.

Hoy la presencia del Ejército es muy importante sobre la ruta Panamericana. Decenas de soldados levantan el pulgar a los conductores en señal de que está todo OK. Hay trincheras en algunos puentes. La Policía lleva armas largas. El territorio de las Farc comienza unos kilómetros hacia el monte, en los pueblos de más adentro.

Jim dice que hace nueve meses las Farc volaron un puente a cinco kilómetros de la finca y todavía está el hueco de cuatro metros de diámetro que dejó el coche-bomba. También asegura que hace 15 días, en su pueblo, las Farc le pusieron una bomba a un supermercado cuya propietaria no quiso pagar el “impuesto” que cobran a los comerciantes. La dueña perdió los dedos de un pie por la explosión y una empleada ya no escucha por un oído. La mujer de Jim asiente con la cabeza.

Jim y su mujer se van de la finca la semana que viene. No les gusta la manera en la que los trata Dalma ni las intromisiones problemáticas de los caseros anteriores. No les hace falta el dinero y a Jim ya le ofrecieron otro trabajo. Legal.



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